domingo, 2 de diciembre de 2012

La guerra de los sueños.

Era un día típico de invierno. El cielo tan azul al que el verano nos tenía acostumbrados, hoy estaba cubierto por un banco de nieblas que cubría hasta al caprichoso sol, que de vez en cuando aparecía con sus tímidos rayos, pero rápidamente se perdían en la nada.A la niebla le acompañaba una chisposa lluvia, fina, tranquila, sobre la cual muchas veces deberíamos olvidarnos de los problemas, acariciándola.
El olor a café le encantaba, era esa motivación la que le hacía levantarse todas las mañanas. El café, y el agua caliente de la ducha. Era lo que le hacía levantarse a tiempo para no llegar tarde al periódico.
Hoy era un día importante: el Real Betis Balompié campeón de Europa, el conciertazo que Alejandro Sanz dio la noche anterior en Madrid, y un nuevo escándalo de corrupción eran algunos de sus titulares. Estaba en prácticas allí desde hacía año y medio, ya que aún no había finalizado su carrera de estudios periodísticos. Allí también trabajaba Marina, su novia, un par de años mayor que él. Ella era la encargada de la redacción cultural. Físicamente era una chica morena de cabellos castaños bastante largos, con unos ojos negros muy profundos, aparte de contar en su personalidad con algunas virtudes, como su gran simpatía, aquel nivel de empatía al que podía llegar, y su gran sentido del humor.
Llevaban juntos tres años y estaban muy comprometidos. Nunca tenían una discusión y sus besos eran la descripción gráfica de la palabra amor.
Sin embargo, una explosión le despertó. No estaba rodeado por impresoras, faxes, y cafeteras. Cuando abrió los ojos, estaba rodeado de sangre,  de balas con aroma a pólvora. Su única manera de soñar despierto con su vida antes de la guerra era cerrando los ojos y sintiendo los labios de Marina dentro de sus suspiros, palpando la sensación del teléfono de la redacción echando humo por todas las noticias que llegaban.
Esa vida tan espléndida, la mató el gobierno. Lucas nunca confió en la política, le parecían que eran representantes del pueblo que con el paso de la Historia, se convirtieron en la voz de sus propios intereses. Nunca comprendió los conflictos bélicos, la necesidad que tenían de disparar a almas jóvenes que tenían los mismos sueños o compartían aficiones con cualquiera de los soldados, por un poco de petróleo. Sus padres –fusilados hacía dos años y medio- le educaron con la ideología de que todos somos iguales, aunque no compartamos idioma, sexo, la misma clase social, ideología sexual o religión. Jamás fue capaz de encontrar un por qué a que se quemaran casas, se violaran mujeres o se maltratasen a niños.
Se encontraba en la Facultad de Comunicación el día que le comunicaron la decisión de que era uno de los elegidos para ir a la guerra, cuya base española se encontraba en Irán. Se vio obligado, no tenía otra opción, sino podía ser arrestado por rebeldía contra el Estado. Lo peor para él no fue la propia decisión de ir, lo difícil fue cuando se lo tuvo que explicar a Marina. Se desmayó, su cuerpo cayó derrumbado al suelo como si un huracán hubiera pasado por su cuerpo en una décima de segundo. Tuvo que ser trasladada al hospital, pasando la noche en observación. Ella le pidió de todas las maneras posibles que no lo hiciera, que lo evitara, que se negara y comprar inmediatamente un billete de avión para el destino que saliera más pronto. Ella vivía por y para Lucas, no soportaría la idea de que a él le pasase algo.
Lucas se encontró entre la espada y la pared. No sólo por el simple detalle de tener que marcharse a la guerra, sino que además tuvo que marcharse el día siguiente, no pudiendo despedirse de su pareja, tranquilizarla, preocuparse por su salud, y pidiéndole que pensara que todo saldría bien. Ante esta situación bipolar, antes de marcharse le pidió a la policía que fue a buscarle a su casa que le entregaran una carta a Marina, la cual decía:
“El día que te conocí supe que nuestra relación no sería fácil ni mucho menos. No sabía hasta qué punto el mundo se opondría a nuestro amor. Primero tus padres, luego mi familia y ahora la guerra. He pasado contigo centenares de lunas llenas, las hemos visto renacer y crecer y crecer hasta volver a su máximo esplendor. Lo nuestro es lo mismo: siempre que llegamos a ese punto máximo de felicidad, la burbuja en la que vivimos se romperá, pero sin embargo, cuando más fuerte sean los duros momentos, es cuando nos tenemos que mostrar más fieles. Y aunque nuestras manos no se pueden acariciar porque estemos a miles o millones de kilómetros, yo si cierro los ojos te imagino como si estuvieras a 5 centímetros de mi piel, a menos de un paso para besarnos. El gobierno ha querido esta guerra pero yo no comparto los objetivos del ejecutivo. Yo participo en esta guerra, ya que me veo obligado, para demostrarle al mundo que por muchos muros que me pongan, mis sueños y tú son algo con lo que nadie va a poder. Que por muchos disparos o bombas que intenten matarme, sé que si te tengo en mi mente por muchos ataques, bombas, o disparos que haya, volveré sin un rasguño, con el mismo sentimiento por ti que tenía antes de marcharme. Y que cuando volvamos, tú y yo nos marcharemos a comernos el mundo desde los pies a la cabeza. Nos marcharemos a Londres, París, Berlín, Roma, Budapest, en bicicleta, perdiendo de vista a todos aquellos que no aceptan que tú y yo seamos las personas más felices del mundo cuando estamos cogidos de la mano por el otro.”
Esa noche Lucas apena pudo pegar ojo, le resultó imposible. Su noche estaba tan llena de dudas como el futuro. Se preguntaba por qué a él, por qué cuando estaba en el mejor momento de su vida, con Marina, con un puesto en uno de los medios de comunicación más reputados del país. Estaba convencido de que esta nueva pesadilla en su vida sería breve, y acabaría con final feliz.
Cuando todavía la noche no se había convertido en amanecer, dos soldados del ejército fueron a buscarle, ante el temor de que se rebelara de ir a la guerra. Él no opuso resistencia alguna, es más, intentó plantar en medio de toda esa tensión una sonrisa fingida, pero velozmente entendió que no era momento de sonreír, más bien de estar serios y preocupados. Era uno de marzo de dos mil doce, el día que empezaría todo, y quizá también la fecha en la que comenzaría a gestarse su muerte. El viaje fue largo, cansado, y nervioso. No sabía qué iba a ver, encontrar. Lo más parecido eran las imágenes que les mostraba el telediario, y algunas imágenes que de vez en cuando, les ofrecían sus profesores de Historia, para explicarle de mejor manera los grandes acontecimientos ocurridos en el paso de los años. La mejor manera de comprender cómo fue el viaje era comparar sus latidos cardíacos antes de la guerra, y a partir de su marcha a la guerra: antes de ella, él era un chico tranquilo, un niño con sonrisa de hombre, alguien que tenía la paz como lema de bandera. Desde el día en que se fue, su corazón parecía que estaba contagiándose de todas esas ideas malignas, de aquellas muertes que mandaban los hombres de chaqueta y corbata desde su despacho. Su alma latía como los tambores de guerra, quizá preparándose para todo lo que venía encima. El trayecto entre ambos lugares duró nueve horas, y le costó acoplarse al contraste entre el clima mediterráneo que residía en España y el frío tremendo que habitaba en los Montes Zagros.
Le costó acoplarse al país iraní debido al efecto del jet lag, pero en un par de noches ya se acostumbró. El comienzo de su estancia en dicho país fue tranquilo, sin ningún altercado reseñable. Estos primeros días se encargó de llevar alimentos y comida a orfanatos que vivían en la más absoluta pobreza. Ver como sonríen unos niños que no saben dónde están sus padres, y aunque apenas tengan motivos para sonreír y lo hagan de manera más convincente de lo que lo hagamos nosotros en los países ricos, es algo que debería servirnos para aprender, para relativizar las cosas, para dejar de prejuzgar. Él se ganó el cariño de esos chicos con creces, gracias a su manera de vivir, de hacer las cosas, de dejarse siempre la piel en todo. Lucas nunca tuvo un hermano y siempre había sentido el deseo de querer uno. De hacerle cosquillas para ver sonreírle, que es de las cosas más bonitas que una persona puede ver en la vida. No todas las maravillas son lugares emblemáticos, también a veces cosas tan sencilla como una persona sonriendo es algo fantástico. Le sorprendía la capacidad que tenían para vivir aislado de los problemas, de cómo corrían sin cansarse. Salía temprano todas las madrugadas camino al local, con la intención de estar con ellos el mayor tiempo posible. Estando con ellos también se aislaba de esos disparos sin sentido, de esos atentados en las ciudades pequeñas.
Un día, se levantó temprano, a las 6:40 aproximadamente. Abrió los ojos diez minutos antes, pero se quedó en su tienda de campaña observando lo veloz que caminaban las nubes por ese lugar tan privilegiado llamado cielo. Tuvo la sensación que ese día sería el más duro desde que estaba fuera de su hogar. Tras vestirse con su uniforme de preso del gobierno, marchó hacia el orfanato con un ritmo que empezaba a notar en su organismo que llevaba semanas, e incluso meses sin pisar su piso. Sin ese sofá tan cómodo que era espectador de su descanso en algunas ocasiones. Y sin Marina, su pausa, su freno, su aceleración, su inspiración a la hora de hablar del amor. A la vez que avanzaba, era consciente que había algo extraño. Había más personas en las calles de lo habitual, y estaban reunidos de manera clandestina. Cuando menos se lo esperó, a cien metros de él, un coche, no demasiado lujoso, es más, tradicional de poco valor, voló por los aires a causa de un atentado. Tras ser investigado por el ejército con la colaboración de la policía iraní, llegaron a una conclusión: éste fue provocado por los pakistaníes. Fallecieron 72 personas, entre ellas 22 niños, y trece mujeres que estaban de buena esperanza, cerca de dar la bienvenida al mundo a una nueva persona.
Entre los fallecidos, había cuatro niños a los que conocía del orfanato. Se encontraban en la puerta cuando aquel coche bomba voló por los aires. Estaban esperándole en la puerta para poder abrazarse con sus anchos hombros como todas las mañanas. También resultaron heridos muchos pequeños y madres que acompañaban a estos a las distintas guarderías de la zona. El sufrimiento de las madres viendo a sus hijos en el suelo, con los ojos cerrados, llenos de cicatrices y sin respirar es algo que conmovió a Lucas. En este tipo de países, donde el hombre manda, la mujer friega, y el niño va al colegio para no poder acabar sus estudios al comenzar a trabajar a los quince años, el amor materno es mucho más pasional, bastante más que en los países donde lo principal es el dinero. Toda esta tragedia se tradujo en un brutal efecto negativo en su estado de ánimo. Entró en shock. Pasó diversos días sin dormir pero sin salir de las sábanas de su tienda. Además de esto, estuvo sin apetito, ni alimentario ni alimenticio. Apenas articuló palabra con otros soldados y superiores durante una semana. Su odio a las guerras se multiplicó enormemente tras aquello. La rabia se apoderó de él, no podía parar de golpear con sus puños y pequeñas lágrimas a la almohada.
Esta crisis, le llevó a tomar una decisión: dejaría Irán para volver a España, con el consentimiento de la embajada o no. Tenía claro que se saltaría las leyes, incluso tenía cierta pasividad de que las autoridades españoles le acusaran por rebelarse contra su propia nación. Él tenía claro que el gris de las nubes provocado por la contaminación de los disparos no haría cambiar el futuro azul esperanzador que se le presentaba por delante. Que echaría sus brazos al cielo, que gritaría sin parar al mundo que nadie podría con él. Lucas poco a poco se fue convirtiendo en un ejemplo de fe en sí mismo, en un ejemplo de paz y amor a los suyos.
Él sabía que volvería. Más tarde o temprano, cuando pase septiembre, cuando los mayas predigan que el mundo se acabará, pero él volverá. Por ella, por sus sueños, por sus buenos momentos, por todas aquellas enseñanzas que sacó de los malos momentos. Días más tarde, un reloj de arena marcaba que faltaba poco para el mediodía. Salió vestido de paisano, con un nerviosismo tan profundo como un mar de dudas de lo que hacía, pero con la imborrable sensación de que volvería. Consiguió llegar al aeropuerto gracias a un taxi del que se fue sin pagar, provocando las primeras sospechas de la fuerza de seguridad del país asiático. A continuación robó un Jeep a una mujer que confirmó las sospechas de la policía cuando inmediatamente lo denunció. El camino hacia el embarque fue como una carrera de diez mil metros en los Juegos Paralímpicos. Recorrió esos cien metros que separan la entrada y la puerta de embarque sin parpadear, sin dejar de mirar las alas del avión que se veían a través de las ventanas. Es increíble, lo estaba logrando sin levantar sospechas. Pero para su decepción, se encontró con una enorme cola de pasajeros. Esto lo aprovechó la seguridad privada del aeropuerto que tras el aviso de la policía y las tropas le arrinconaron. Fue llevado a su base, insultado, apalizado. Le trataron como a un traidor a la nación. Le maltrataron anímicamente riéndose cuando se excusaba de sus actos.
Lo exportaron de nuevo a España, como él deseó, pero nada más lejos de la realidad: lo llevaron a Valencia, donde fue encarcelado en la prisión nacional de la capital del Turia. En España, la democracia de la que los gobernantes presumían, era una dictadura hecha con mentiras. Los profesores de Historia antes de la guerra, lo explicaban así: “Una mentira repetida un millón de veces acaba siendo verdad.” Lucas vivía en su celda sin agua, comida ni libertad de justificar su inocencia hasta demostrarse lo contrario. A los presos afectados por la guerra, no se les imponía ningún tipo de fianza, mientras las calles estaban llenas de ladrones que roban para llegar a fin de mes, de drogas en todos los callejones, y cobardes que abusan de las mujeres violándolas. Él, la única comida que daba bocado eran sus sueños, a los que se comía enteros nada más pensar en ellos.
Hasta que llegó un día entre el final del marzo invernal y la alegre primavera que ofrece abril. Tras otra paliza de golpes e insultos, salieron rápidamente. Un cabo les habló de la emergencia ocurrida. Al Qaeda bombardeó desde un tejado cercano la Ciudad de las Artes y las Ciencias, además de varias carreteras cercanas. Sin embargo, todo esto provocó un pequeño fallo tremendo: un joven becario, incorporado en prácticas, se olvidó de quitar las llaves de la cerradura de la celda, con la consiguiente escapada de todos ellos.
Lucas caminó hacia el puerto marítimo a velocidad de la luz, pretendía abandonar Valencia de inmediato. Al llegar a él, suplicó de todas las maneras posibles que les permitiera acompañarles a Sevilla. Muchos le ignoraron, tras contarles su historia. Sin embargo, un hombre de unos cincuenta años aceptó. Trasladaba hortalizas.
El viaje duró un par de días, ya que en las aduanas había mucha revisión policial. Lucas se había convertido en un delincuente en busca y factura. La policía si le encontraba, lo fusilaría sin ningún tipo de piedad. El barco, al ser de un tamaño considerable, permitió a Lucas tener varios rincones donde no pasar ningún tipo de apuro. Él valoraba de manera tremenda su esfuerzo por volver a casa, pero también el de aquel hombre, que arriesgó su vida por llevarle a él hacia su gloria, llamado sus sueños
Llegó al Puerto Marítimo de Sevilla, en el barrio de Triana, por la madrugada, justo cuando empezaba a salir el sol, y la luna se iba a dormir. Aquel caballero encargado de las hortalizas, no tuvo más remedio que esconderle dentro de una bolsa de basura, para evitar sospechas. Todo sin problemas.
Marina por su parte llevaba días sin poner la televisión por miedo a que le transmitieran malas noticias sobre Lucas. Llevaba semanas, incluso algunos meses sin saber de él. Pero aquel día su misterio pudo más que su bienestar. Este no le defraudó. Todas las televisiones ofrecían informativos de urgencia avisando de que existía un delincuente en España que estaba suelto, y cuyo nombre era Lucas Rodríguez. A toda esta información le acompañaban una foto de él. También se hablaba del encubrimiento por parte del transportista, pero eso a Marina, le importaba poco. Recobró la esperanza de que le volvería a tener frente a frente, de que si morían, lo harían juntos. Como Romeo y Julieta, pero en vez de ser sus familias las enfrentadas, son el estado con ellos. Marina tenía el irracional, pero seguro presentimiento de que cuando cerraba los ojos, veía a Lucas de frente, acercándose a ella y abrazándola. Secándole con un pañuelo las lágrimas que salían de sus ojos, tranquilizándola, diciendo que todo ya había acabado. Que ahora era la hora de ser feliz.
Las calles se encontraban vacías. El pueblo, aterrado de tantos disparos, permanecía en casa, asustado, lleno de miedo a que esos disparos les afectara a alguien cercano a ellos. Todos los ciudadanos habían ya mostrado de forma clarividente su postura. Estaban hartos de todas aquellas mentiras, de todas esas falsas promesas, malas decisiones, guerras, conflictos estúpidos cuyo único fin era el dinero para sí mismo.
Lucas logró llegar a casa sin apuros. Se despidió de aquel hombre con un abrazo sincero, como si le conociera de toda la vida cuando realmente no lo conocía ni de hace una semana. Llegó al portal de su vivienda a primera hora de la mañana, aprovechando que la guardia no era tan alta como cuando en la tarde. Tiró la puerta abajo, y velozmente se dirigió a su habitación. Cuando abrió la puerta, intentando hacer el menor ruido posible, se puso de rodillas sobre la cama de Marina, y comenzó a susurrarle en el oído que llevaba toda una vida echándola de menos. Que había pensado en ella todas aquellas noches. Que nunca había estado tan seguro de algo, y ese algo era que quería morir en sus brazos, con su boca derretida en sus labios. Ella se dio la vuelta pensando que vivía un sueño, y que en cuanto se levantara Lucas se habría borrado como el humo. Sin embargo no fue así, era real, después de tanto tiempo, el uno junto al otro. Ella no paraba de acariciarle, de rozar con la yema de sus dedos su rostro. Tenía la voz rota de la emoción, no se sentía capaz ni de susurrar un simple “te quiero” en sus ojos. Él la invitó a que se tranquilizara. Mientras ella se quedó en la cama intentándolo de manera inútil, él preparó un desayuno formado por zumo de naranja natural, tostada de tomate, aceite, y jamón, acompañado por una magdalena.
Ella poco a poco fue recobrando normalidad, pero no paraba de llorar, no sabía si de emoción o alegría. Lucas lloraba en su interior, ya que tenía el defecto más difícil de todos: era un cabezota de pura cepa. No lloraba nunca. Es algo que se propuso a sí mismo en el funeral de sus padres. Le propuso a Marina marcharse porque sabían lo que pasaría si tardaban mucho en irse. Tenían planeado marcharse hacia cualquier lugar, sin comida, dinero, ni ropa, pero con algo muy importante: felicidad.
Ella se duchó sin apenas tener tiempo para sentir el agua en su espalda. Lo hizo con toda la presión de la situación. Se vistió con lo que primero se encontró en su extenso armario y con todo el miedo a la muerte. Todo este miedo, se hacía menor de su mano.
Sin embargo, toda esta presión se acentuó cuando mirando por las persianas, no paraban de ver tanques, sirenas de coches de policías, pistolas, francotiradores, etc. Sabían que ya era demasiado tarde, que todas las preguntas que se hicieron tendrían como respuesta la maldita muerte inmerecida que tendrían ellos.
Cuando Marina en una de estas ocasiones miró de forma tímida por una de las persianas, le sorprendió un disparo. No sabía cuál era su procedencia, y se echó al suelo. Lucas enseguida se dio cuenta y corrió hacia donde estaba ella, con voltereta incluida, aplicando todo aquello que había aprendido en los entrenamientos del ejército. Los disparos empezaron a salir expulsados de sus armas como la lluvia. Muchos papeles, recortes de periódicos, e incluso las fundas que cubrían los sofás empezaron a ser aniquiladas, sobrevoladas por pólvora.
Ante todo este diluvio de pólvora, Lucas decidió levantarse, haciéndolo de la mano también de Marina. Ella no podía entender por qué lo hacía, y él no quería perder el tiempo en explicárselo. Se apoyó en sus hombros, y empezó a besarla. Le daban igual los disparos, las armas, la policía, la muerte. Cerró los ojos, quería besarla como si fuera la última vez en su vida, porque sabía que sería la última. Y que si había otra, no sería en un mundo real. Ella se dejó llevar, olvidando todo lo que había alrededor. Los disparos continuaron cayendo, creando poco a poco luces entre los agujeros creados por las bajas en aquella casa con aspecto tan nocturno. Parecía como si el mundo hubiera dejado de dar vueltas a través del sol, y ahora solo lo hiciera a través de ellos dos.
Y poco a poco, el beso fue perdiendo fuerza, a medida que sus cuerpos iban perdiendo sangre por las armas. Sus sonrisas al mirar al otro no desaparecían, sabían que era el final de todo, pero que morían al lado del otro, al lado del motivo que les había hecho vivir tanto tiempo.