Mostrando entradas con la etiqueta Fútbol. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Fútbol. Mostrar todas las entradas

domingo, 29 de enero de 2017

1-1: Luis Suárez le roba la Alegría al Villamarín.

El mejor Real Betis Balompié del curso acarició la victoria en su partido disputado este domingo contra un FC Barcelona desdibujado durante gran parte del encuentro. Los locales, que se adelantaron gracias a Álex Alegría, tuvieron además dos balones al palo y un mano a mano clarísimo que Rubén Castro perdonó frente a Ter Stegen. Por su parte, los culés reclamaron dos goles fantasmas, donde uno parece que entró de forma clara, mientras el otro lo salvó a tiempo la defensa bética.

Con un Benito Villamarín casi repleto y con la gente pendiente mitad y mitad de su equipo y del tenis, Víctor Sánchez del Amo sacó en el once a los fichajes invernales, Rubén Pardo y Tosca, quienes le dieron mayor tranquilidad al equipo en posesión y salida de balón. El entrenador bético planteó un partido con una presión alta y valiente. La sensación de peligro por parte del Barça se producía cuando eran capaces de saltar la línea de presión formada por la delantera bética como así sucedió cuando Neymar se puso de cara a gol pero Adán estuvo brillantísimo. Por su parte, el Betis asimiló su idea: presionar y salir rápido cuando pudiera. Una salida rápida debida especialmente al protagonismo ofensivo de sus carrileros Piccini y Durmisi, y por la actuación estelar de Dani Ceballos, quien desde lejos puso en apuros al portero alemán. El propio Durmisi o Rubén Castro también avisaron, pero sin atinar a la portería

Tras el paso por vestuarios el partido siguió en la misma tónica, aunque el Betis poco a poco iba creciéndose por el poco peligro que sufría: Dani Ceballos metía un zapatazo impresionante que se estrelló en el travesaño. Y Castro, minutos después, enviaba al palo un tiro que tenía escritas las letras de ‘gol’ más temprano que tarde. Esa jugada que acabó en córner, propició el gol bético tras un fallo de Ter Stegen quien no blocó correctamente un balón empujado a placer por Álex Alegría. Heliópolis estallaba de alegría y disfrutaba con la exhibición de coraje y pundonor de sus jugadores.


Desde ese momento, el partido cambió: el Barça despertó, a los verdiblancos les entró el miedo a ganar y el cansancio físico les empezó a pesar. El técnico bético se equivocó con los cambios (Donk por Rubén Pardo y Nahuel Leiva por Petros), y los catalanes poco a poco iban encerrando en su área a los verdiblancos. En una de esas intentonas, Aleix Vidal puso un centro que Luis Suárez remató mordida, y que Aisa Mandi sacó cuando había rebasado claramente la línea de gol. Los azulgranas achuchaban con insistencia y el Betis había ya resistido a atacar excepto a la ocasión del goleador bético ya comentada. Cuando el minuto noventa ya merodeaba por el marcador, Nahuel recogió un balón de espaldas en su propia zona de peligro, fue presionado por dos jugadores culés, entre ellos Messi, quien le robó la cartera e hizo de las suyas para que el uruguayo Suárez empatase. De ahí hasta el final los de Luis Enrique siguieron insistiendo pero el marcador no se movió. Un empate que es agridulce para los locales, y que aleja (o no, dependiendo del resultado del Madrid) a los de Lucho de la Liga. 

domingo, 18 de diciembre de 2016

2016

Siempre que llega la Navidad y nos preguntan por los deseos para el año siguiente. Por ello, al final todas las Navidades me parecen iguales: pedimos salud, amor, trabajo… Y al final nada se cumple: vienen unas personas y se van otras, ocurren cosas buenas y cosas malas. Sin embargo, dentro de mí existe la sensación de que este año puede ser mucho más determinante de lo que creemos.

2016 ha sido el año en el que la política nos volvió a decepcionar: en España, por primera vez votamos dos veces para elegir un presidente. En el Reino Unido, rompieron todos los esquemas decidiendo salir de la Unión Europea. Y si a eso le añadimos ese intento de golpe de estado en Turquía y que en Colombia rechazaron la paz para seguir con los enfrentamientos, y la elección de un personaje más que controvertido llamado Donald Trump… Tan controvertido como el premio Nobel de Literatura a Bob Dylan. Y el vacile que éste le pegó a los suecos al no ir a recoger el premio, pero añadiendo dos conciertos en este país.

El año que dejamos ha sido el año en el que lloramos demasiadas muertes conocidas: Barberá, Castro, Bowie, Prince, Alí, Leonard Cohen y un largo etcétera, mientras que marcamos un nuevo (y triste) récord en cuanto a inmigrantes y refugiados fallecidos. El año en el que el terror fue tan protagonista que en algunos sitios tuvieron que enterrar a gente en las calles puesto que los cementerios ya estaban repletos de inocentes fallecidos.

Deportivamente fue el año en el que el Atleti se volvió a quedar rozando la Copa de Europa, viviendo otra vez la misma pesadilla: gol de Ramos. El año en el que el Sevilla lo volvió a hacer, completó su década inolvidable. Y el año en el que decidió que cinco ya son muchas, ¿por qué no una Champions? El año en el que el “No hay palabras, solo hechos” tardó tres meses en venirse abajo, el año de la tercera o cuarta juventud de Rubén Castro y de la segunda de Joaquín. Las decisiones controvertidas también llegaron al deporte: si no, que se lo pregunten a ese equipo de baloncesto que toda la vida fue verde y rojo, y ahora es verde y blanco en su uniforme, pero sigue manteniendo su corazón de toda la vida. El año en el que España volvió a casa con la cabeza bajada en la Eurocopa, pero también los doce meses en los que los Olímpicos volvieron a hacernos sentirnos orgullosos de ellos.

También fue el año de las tragedias: el yihadismo nos metió más miedo que nunca, el Chapecoense se dejó la vida y los sueños en el aire. En verano Diana Quer desapareció causando la preocupación mayúscula de su entorno y también en verano cinco subnormales (sevillanos como yo y con un abogado más que repugnante) violaron a una pobre chica que no tuvo la culpa de nada. Cosas así hay muchas que ocurren casi diariamente, pero he citado algunas de las que más me llamaron la atención.


Personalmente, fue el año más especial. El año en el que me reencontré con el pasado, el año en el que conseguí romper barreras en forma de kilómetros, pero los kilómetros fueron demasiado para nosotros. El año en el que algunas cosas salieron a la primera intentona, otras a la segunda, y veremos si a la tercera. El año en el que no tuve miedo para elegir el tres entre éste y el cuatro. El año en que me di cuenta de lo bonita que es Galicia, pero también lo bonita que puede ser la vida en cualquier parte del mundo con esa persona que te tiene conquistado el corazón. El año en el que entrevisté a Néstor Barea, a Rafa Castaño, a la ONCE aunque no fuese algo sencillo. El año en el que me di cuenta por qué siento tanta pereza por las cenas de empresa. El año en el que abrí los ojos y vi, aprendí y sentí cosas totalmente nuevas para mí.   

miércoles, 16 de noviembre de 2016

El niño que nunca se calzó las botas


(Autor: Luis Olvidar)

Adrián era un niño especial. Siempre lo fue, desde que nació prácticamente. Al mes de su madre estar embarazada de él sufrió un amago de aborto. Se conoce que él ya era diferente desde que merodeaba en la barriga de aquella mujer. Después, a la hora del parto se puso de espaldas y se posicionó de culo para venir al mundo, lo cual llegó a provocar que hasta el ginecólogo que llevaba a su madre llegara a pensar y decir en voz alta que venía una niña. De hecho, el día del nacimiento, al entrar la madre en el hospital y reconocerla dijo:

-Es una niña porque le he tocado la vulva.

¡Y a fe que lo dijo delante de la madre y la enfermera! Por eso, cuando él nació, pasadas las cuatro y media de la tarde y salió del paritorio el padre se quedó cortado al preguntarle a la enfermera que empujaba la camilla con la parturienta y el recién nacido:

-¿Como están las dos?

-Serán la madre y el niño-contestó una asombrada enfermera.

-¿Pero es un niño?-preguntó un no menos asombrado padre-¡Pero si el ginecólogo ha dicho que era una niña!

-Pues es un niño. Va a tener que cambiar el nombre que tenían previsto-respondió la sonriente mujer.
Y Adrián, como todos los bebés, fue creciendo y cumplió un añito. Pero ya daba muestras de que algo fallaba. Sus padres no eran capaces de acertar en qué, pero eran conscientes de ello. Sus hermanos también. El padre en el verano que sucedió a su segundo cumpleaños notó que aquel niño no se movía demasiado. En la piscina lo dejabas en su carrito y no se movía. Estaba despierto, pero apenas se movía de su carrito de bebé.

Fue entonces cuando comenzó el calvario de médicos de Adrián. El pediatra le mandó hacer pruebas de todo tipo, sin que ninguna de ellas diera ningún resultado extraño. Así que finalmente lo mandó al neurólogo. El neurólogo comprobó que las pruebas no aportaban apenas datos pero si descubrió que Adrián, aunque era normal, tenía una especie de cicatriz en el cerebro que le  provocaba ciertos desequilibrios de movilidad y algún problema en el habla, por lo que recomendó llevarlo a una logopeda. Y así se hizo, durante un tiempo sus padres lo llevaron a una logopeda con la cual corrigió sus problemas de habla.

Mientras aquel niño seguía creciendo y ya tenía cuatro años. Era un niño hermoso, lozano, algo regordete y, decían, un calco de su madre. En sí era la alegría de la casa, por su carácter tranquilo, por sus tremendas dotes de observación, que le hacían ver cosas que nadie era capaz de ver.

-Mira-decía con su vocecita de mocoso-El Calzado Andaluz-y nadie lo veía, mientras su padre o su madre conducían el coche.

-¿Dónde?-preguntaban todos al unísono, tras desgastarse la vista buscando algún signo que lo identificara.

-Allí, en aquel cartel-contestaba el pequeño señalando un cartel alejado de la carretera.
Y efectivamente, un pequeño círculo con un zapato en su interior lo mostraba en la parte inferior del citado cartel. Al final todos acababan riendo por su vista que le hacía ver cosas que los demás no llegaban a observar.

Como a muchos niños a Adrián le apasionaba el fútbol. Le gustaba jugar en el colegio con sus compañeros de clase y además: ¡era zurdo jugando! Por lo general en todos los deportes los zuros suelen escasear, así que el fútbol no es la excepción.

En vista de que le gustaba jugar, de que era bueno para su sicomotricidad, que también era importante realizar actividades extraescolares que le mantuvieran en contacto con la calle pero sin estar todo el día en ella, sus padres decidieron apuntarlo con ocho años a una escuela de fútbol, aprovechando que conocían a un antiguo jugador de un equipo de su ciudad.

Fue así como Adrián comenzó a jugar al fútbol y a aprender que la vida es dura y tormentosa. Su entrenador era un hombre ya entrado en años de carácter afable, pero tremendamente gruñón y en los partidos protestón al máximo con los árbitros, aunque hay que reconocerle que dentro del respeto. Los niños lo querían, aún a pesar de las broncas y los gritos que les metía durante los entrenamientos, pero al acabarlos era capaz de sonreírles y tratarlos como si fueran sus nietos a todos. Adrián, como era de esperar, no jugaba demasiado debido a su eterno problema de movilidad. No tenía rapidez, lo cual era un hándicap pues le impedía correr mucho y tener velocidad, algo fundamental en el deporte. Por otra parte lo hacía jugar a pierna cambiada, que provocaba el no poder controlar bien la pelota.

La cosa fue a peor en el segundo año, ya que todos subieron de categoría menos él, que seguía yendo con la categoría que había jugado la temporada anterior. Eso provocaba un problema, ya que tenía mucho cuerpo y más de una vez se notaba que no jugaba en la categoría que debería de estar, con lo cual tampoco jugaba.

Al tercer año su padre decidió cambiarlo de escuela, ya que en la que estaba inscrito se hallaba bastante lejos de su hogar y era complicado llevarlo a entrenar al tiempo que tenía que llevar a sus dos hermanos a las actividades que ellos también tenían que realizar al salir de la escuela. Por otra parte en la nueva escuela si le incluyeron en la categoría que le correspondía. Tampoco es que le dieran demasiadas oportunidades, pero él nunca se quejaba.

Sin embargo aquel verano tomó una decisión, Adrián, trascendental para su vida: decidió que no seguiría jugando al fútbol. Era, con su edad, consciente de que nunca podría tener el nivel suficiente, ni siquiera el de sus compañeros, para poder darles patadas al balón. Así que era mejor dejarlo allí y seguir jugando en el patio del colegio con sus compañeros. Además, allí se divertía más y nadie le iba a meter una bronca.

Pero sus problemas no habían llegado a su fin. Nuevas pruebas médicas detectaron que tenía una importante desviación de columna y que era preciso de que hiciera ejercicio para poder corregirla. El médico aconsejó que hiciera natación. Así que dicho y hecho. Comenzó a practicar natación. ¡Y consiguió nadar bien! Fueron dos o tres nuevos años de actividad febril para no tener que pasar por un quirófano que le amenazaba por su columna vertebral.

Adrián había llegado a su adolescencia. La vida se había tragado el pasado como un huracán hambriento de todo lo que se pone en su camino. Años y años de peripecias que no habían sido positivas para él. Enseñanzas que le provocaban una retahíla de complejos difícilmente resolubles para él. Por suerte tenía amigos, buenos amigos, que no le dejaban.

Su amigo Héctor también jugaba al fútbol. Un día le pidió que le acompañara a un entrenamiento. Era verano, finales de agosto. La hora ya tardía para evitar los calores que trascienden a este mes, o al menos tratar de minorarlos lo más posible. Así que fue con él a verlo entrenar.

Las luces del campo relumbraban dando perfecta visibilidad a los jugadores. Todos iban enfundados de sus uniformes de entrenamiento. Héctor, en contra de la mayoría de sus compañeros, calzaba unos deportivos en lugar de las típicas botas de tacos. Fue al final del entrenamiento, cuando iban a jugar un partidillo, que Adrián le vio acercarse a su entrenador y hablar con él. Desde su posición no escuchaba lo que estaban hablando. Cuando terminó de hablar con él, vio que salió corriendo para la caseta del vestuario y al momento volvió con las botas de jugar y se dirigió hacia él. El corazón de Adrián comenzó a latir con fuerza, Héctor se dirigía hacia él con unas botas de fútbol, ¡aquellas que él nunca había podido tener! Cuando llegó ante él se las alargó y le dijo:

-Anda, póntelas, que le he pedido el favor al entrenador que te deje jugar el partidillo de entrenamiento.-comentó-Como aún hay gente de vacaciones faltan jugadores y como sé que a ti te gusta jugar nos podrás ayudar ahora. Como tú y yo más o menos tenemos el mismo pie no creo que te vengan pequeños ni demasiado grandes.

Adrián se quedó petrificado. No sabía que decir. Así que poco a poco se fue desabrochando sus deportivos y se puso los que su amigo le estaba prestando. Pero sobre todo sonreía. En aquel momento Adrián era el adolescente más feliz del mundo entero.

Una vez se calzó las botas se incorporó a la rueda que formaban los jugadores alrededor de su entrenador. Héctor hizo rápidamente las presentaciones y todos le sonrieron con amabilidad. Sonrisas a las cuales correspondió él con su cara de máxima felicidad.  El entrenador repartió rápidamente las instrucciones a Adrián le hizo que se quedara un momento más con él para unas instrucciones adicionales. Después hizo dos equipos de igual número de jugadores y a uno de ellos, el de Adrián, les repartió unos petos para diferenciarlos de los otros.

Cuando acabó el entrenamiento todos lo felicitaron por su trabajo. El entrenador se lo llevó aparte y le dijo.

-Es una pena que tengas esos problemas de sicomotricidad, Adrián, porque si no podrías haber llegado muy lejos. Tienes cualidades muy buenas para jugar, pero es una lástima que no puedas correr más deprisa.

Y a continuación ambos se fundieron en un gran abrazo. Le pidió que siguiera yendo de vez en cuando a los entrenamientos. Que podía ser su ayudante, que necesitaba a alguien que le echara una mano y que le gustaría que fuese él. Adrián se comprometió a pensarlo, a hablarlo con sus padres y a contestarle. Lo que no podía saber el entrenador que estar ligado al mundo del deporte era el gran sueño de aquel jovenzuelo,  y que si sus padres se lo permitían podría comenzar a hacer realidad sus deseos. 

viernes, 28 de octubre de 2016

'Pocas luces' hay en todas lados.

Reconozco andar un poco preocupado: ya no sé si es que hablo un idioma distinto respecto a mi generación y a mi país o soy yo que ya me estoy haciendo mayor.


La cosa empezó con la que se lió en la UAM y con Felipe González. ¿Es libertad de expresión manifestarse contra una persona? Sí. Eso nadie lo duda. Lo que ya me parecía no tener tanto sentido es ver a jóvenes ir a manifestarse con el rostro tapado por caretas (la mayoría de papel). Llevo días buscando una explicación para entender por qué querían taparse el rostro, pero sinceramente no la he encontrado. No la he encontrado y más de una vez he pensado en que yo solamente me pondría una careta si es para ir al banco en el que trabajaba mi padre por ejemplo o ir a agredir a una estudiante de la residencia donde trabaja mi madre.

Siguió mi poco entendimiento con el mundo el sábado con lo sucedido en Mestalla y el posterior pollo post-deportivo formado. Vayamos por partes: La violencia no tiene justificación jamás, sea cual sea la incitación, cosa que más de uno o no ha entendido, o ha vuelto a dejar de entender. El caso es que el Barça metió el 1 – 2 definitivo en el 93’ y tras hora y media aguantando insultos del público sumadas a las entradas chés, se fueron a celebrarlo y en pleno estado de euforia se encararon con el grupo radical valencianista y la respuesta de un burro, porque no tiene otro nombre, fue tirar una botella a Neymar. Dicha botella dio en Neymar, no hay más. Patética la simulación de algunos pero más patética e injustificable fue la actitud del burro, o burrito pues es incluso menor de edad y justificó su agresión a la euforia culé del momento. A todos los que justifican esto como provocación les pregunto: Cada vez que insultan a un árbitro, ¿está éste en su derecho a tirarles una botella? 




La mayor insensatez llegó desde el Comité de Apelación quien primero no sancionó el lanzamiento de una bolsa de pipas a Paco Alcácer (tratado como un enemigo por tener el deseo de ser ambicioso y querer luchar por más, no ser solamente un clase media) después sancionó al cafre de Mestalla con un “paquete” (y casi regalo) de 3.000 euros, reducido a la mitad por “haber encontrado al autor”. Permítanme la licencia de asegurarles que en vez de ser en Mestalla llega a ser en la capital de Andalucía y la gente que se va los fines de semana a hacer el amor al Estadio Olímpico necesitaría otro picadero pues volvería a acoger un evento deportivo tres milenios después. Y siendo como en el caso de Mestalla algo reincidente, (hace un par de años ocurrió con Messi, al que sacaron amarilla por perder tiempo...telita) ni les digo.


Podría hablar del derribo de la estatua de Franco en Barcelona, podría hablar de ese deseo de muerte de aquella señora antitaurina contra el chaval enfermo que no hizo más que ir a un evento cuyo fin era recaudar fondos para la recuperación del crío, pero ya tan lejos prefiero no meterme, no vaya a ser que el lunes aparezca uno con una careta de papel y tirándome una botella en la cara. 

miércoles, 21 de septiembre de 2016

El Sevilla se impone en mitad de la indignación verdiblanca

Era un partido de empate (y para mí 0-0) obvio, claro. El que no lo quiera ver es que vio otro partido. La diferencia es que el partido acabó 1-0 porque el Sevilla la metió y el Betis también, pero se anuló. Si los béticos están furiosos se les entiende. Intento entender también a los sevillistas que hablan de los penaltis en los córners, pero esto es más complicado cuando contra su eterno rival se acuerdan de eso pero contra el Eibar (por ejemplo) no.

Pretendía el árbitro que el partido no se le fuese de las manos y más o menos lo consiguió. Prueba de ella es esa amarilla a Petros a los diez segundos cuando la gente todavía ni se había quitado la bufanda para espolearla. El árbitro controló la cosa más o menos pero a la calle pudieron irse varios: Bruno, Nasri, Pezzella…  Fue un partido malo en cuya primera mitad hubo más tensión que fútbol, donde ocasiones hubo pocas y faltas y mini-tanganas muchas.

En la segunda parte los de Nervión salieron a mandar gracias especialmente a Mariano, que viendo lo poco que atacaba su rival y que Rubén Castro no bajaba a defender comenzó a subir forzando un par de saques de esquina. Unos minutos más tarde el Sevilla marcó gracias a Mercado y a la defensa de Bruno, que se vio superado y fuera del partido en todo momento. Tras el gol estaba el Betis k.o, noqueado, con esa sensación de otros años. Atacaba tan poco que se veía venir otro ciclón. Pero consiguió hilar un par de jugadas y en una de ellas marcó el Betis pero el árbitro anuló la Alegría de los verdiblancos. Siempre nos quedará la duda de saber qué habría pasado con el 1-1: ¿habría reaccionado el Sevilla o habría comenzado a mandar el Betis? A partir de ahí el Betis fue para arriba y tuvo un par de ocasiones más, un par de tiros de Rubén Castro, y el Sevilla se echó hacia atrás pero sin perder de vista a Adán como en ese tiro del Mudo que se fue por poco.

Tiene razón Poyet quejándose del colegiado, pero también hay que recordarle que el Betis tardó una hora en enterarse que el fútbol consiste en meter el balón en la otra portería y no que la tuya siempre se quede a cero. Poyet logró que sus pupilos pusieran garra, intensidad y hasta ese punto de agresividad, pero no consiguió combinación (el partido de Dani Ceballos es simplemente patético, Musonda debió entrar mucho antes y Donk debutó de mediocentro emulando a Ndiaye) ni peligro. Por su parte Sampaoli debería revisar el partido pues cree que su equipo fue muy superior creando siete u ocho ocasiones claras ante la portería de Adán (?)


Lo dicho, un 0-0 que debió acabar 1-1.

jueves, 16 de junio de 2016

Burros.

Llevábamos semanas e incluso meses preocupados por el terrorismo. Estábamos tan preocupados por el Estado Islámico que se nos olvidó un principio muy básico: burros hay en todos lados, en algunos sitios son más numerosos que en otros, pero en todos lados hay burros que no tienen muy bien asimilado que cuentan con un cerebro para pensar.

Todo empezó el domingo pasado en Orlando cuando una persona vinculada al EI mató a 49 personas e hirió a muchas otras en un local fiestero de ambiente homosexual.

Todo siguió cuando varias personas de nacionalidad inglesa, rusa, eslovaca, turca se excusaron en la Eurocopa de fútbol para liarla por su cuenta y liarse a mamporros con algunos inocentes y con otros que iban buscando lo mismo.

Y todo se remató cuando hoy miércoles,  un trastornado mental ha apuñalado y disparado a una diputada del Parlamento Inglés que ha fallecido  haciendo campaña para el plebiscito que se realizará próximamente en Reino Unido para decidir si permanecen o salen de la Unión Europea.

Desde que somos pequeños se nos enseña que los seres humanos debemos cumplir tres funciones vitales: nutrición, reproducción y relación. La relación quizás sea la más importante pues es la que nos ayuda a construir nuestra personalidad, nuestro carácter y aquella de la que depende nuestra estabilidad emocional. Personalmente, ahora mismo me cuesta creer que haya algo más repugnante que hacer daño a la persona que tienes enfrente por tener una forma de pensar distinta a la tuya. Es bastante triste ver cómo aquí mucha gente intenta imponer su filosofía de vida bajo la falsa creencia de que esa forma de ver las cosas es mejor a la del resto. Nadie es capaz de ver la vida de una forma idéntica, pero eso no nos convierte en mejores ni en peores, simplemente nos convierte en humanos. Ya venimos de un siglo donde se ha perdido mucha sangre intentando imponer absurdas ideologías, y por momentos me cuesta creer que hemos aprendido la lección. Y mientras no seamos capaces de convivir valorando las virtudes de quien no piensa como nosotros no vamos a ir a ningún lado, siempre vamos a estar siendo rencorosos por consecuencias del pasado.


¿Cuál es entonces la solución a parar todo esto? La respuesta es complicada porque cada uno vemos las cosas de forma distinta. La opinión mayoritaria (y la que comparto), es apostar por el diálogo, pero como decía al principio, hay burros más preocupados en hablar que en escuchar.  En el caso del islamismo, directamente ni escuchan, les divierte el sufrimiento, el dolor, y con gente así no vale la pena hablar. Otra solución que proponen varios es la de no financiarles las armas, pero para mí personalmente ésta es inviable por la poca capacidad de liderazgo y carisma que representa ahora mismo el político. En el caso de los hooligans, el diálogo es más factible, pero están tan fumados y bebidos que hablar con ellos se hace imposible. Como decía Rousseau, “el hombre es bueno por naturaleza, pero es la sociedad quien lo corrompe”. Sociedad y dinero para alcohol y drogas habría que añadir. Yo con los hooligans apostaría por el diálogo, pero si no funciona apostaría por permitir a los antidisturbios marcar su territorio porque así sus ganas de buscar pelea se verían reducidas, y acabarías con sus tonterías. O mejor aún: si se quieren pegar, llevémosles a un descampado, dejémosles allí sueltos y que se maten entre ellos. 

jueves, 19 de mayo de 2016

La Gozadera Prodigiosa de Nervión.

Cuentan las lenguas antiguas que en el marcador ondeaba el 1 – 0 al descanso cuando a los quince segundos de la reanudación Mariano tira un caño a Alberto Moreno para llegar hasta línea de fondo que Kevin Gameiro se encarga de rematar. ¿Y qué pasó después? Se formó La Gozadera por quinta vez: como en Eindhoven, como en Glasgow, como en Turín y como en Varsovia. Pero esta vez La Gozadera parecía a priori más difícil que las cuatro veces anteriores.

Difícil por el rival, todo un grande de Europa que para más inri se adelantó en el marcador; difícil por la afición, pues los ingleses llegaban a ser más de veinte mil mientras los sevillistas eran seis mil y poquitos más; difícil por la lluvia, ya que con ese gol (golazo) de Sturridge parecía que se avecinaba tormenta, y el único torbellino que se desató fue el del Sevilla y el de Coque (dos goles de Coque, eso ocurre en la PlayStation 3 y no lo puedes grabar porque se va la luz de la casa). Porque sí, porque su fútbol no ha tenido rival ni en Middesbrough, ni en el Espanyol, ni en el Benfica, ni en el Dnipro ni en el Liverpool.






Resultado de imagen de uefa 2014 sevillaExplicar el éxito de este Sevilla en esta década prodigiosa solo se explica con su himno y una frase de su letra: dicen que nunca se rinde. Una frase aplicada a rajatabla en todos sus estamentos pues nunca se han rendido. Le han quitado de su puzle multitud de piezas, y siempre ha sabido reinventarse, comprar talento puro por poco precio y venderlo como el más caro de los diamantes. Han pasado diez años en los que hemos cambiado a Kanoute por Bacca y luego por Gameiro, a Baptista por Iborra, a Jesús Navas por Vítolo, a Maresca por Banega, a Dani Alves por Aleix Vidal, a Juande Ramos por Emery, al calvo de Del Nido por el calvo de Pepe Castro, y así un etcétera más largo que la corrupción del PP.


Me queda siempre el recelo de cuál es el límite de este Sevilla. Creo que su techo está mucho más lejos de lo que ellos mismos quieren proponerse. El Sevilla no es el Atlético de Madrid porque el Sevilla no se lo cree, porque si pudiera creérselo llegaría a serlo y quién sabe si a superarlo. El Sevilla ya no puede ser considerado como un grande de Europa, porque todos somos conscientes de lo difícil que es alcanzar una final en nuestra vida y todo el sufrimiento, sacrificio y agobio que conlleva. Y el Sevilla lleva en estos diez años dieciséis finales. Emery no tenía razón al decir que la Europa League es la segunda mujer de todo aficionado del Sevilla, porque sencillamente, y aunque el Sevilla haya ganado más trofeos, el amo y señor de la Copa de la UEFA – UEFA Europa League, hasta que alguien llegue a los cinco trofeos que hay en las vitrinas del Sánchez Pizjuán, es el Sevilla Fútbol Club.

jueves, 21 de abril de 2016

Nunca dejes de creer

Dice mi profesor de psicología que usamos el deporte como modo de abstracción. Mientras vemos un partido de fútbol o de baloncesto no pensamos en política, no pensamos en nuestros dilemas personales o en qué vamos a hacer al día siguiente. Igualmente, el deporte es algo tan importante para nosotros porque simboliza un gran sentimiento con el que nosotros sentimos empatía.

Cada vez estoy más convencido que el equipo que mejor representa esa empatía es el Atlético de Madrid. El club colchonero desde antes de la llegada de su actual entrenador era un equipo de capa caída, instalado en la zona media a veces alta, y a veces baja, pero que su actual éxito tiene nombres y apellidos: Diego Pablo Simeone. El argentino ha conseguido gracias a la filosofía del Carpe Diem o del Partido a Partido instalar a sus jugadores en la élite del fútbol mundial, quizás sin tanto dinero (y jugadores que te hagan jugar a un juego de ataque) como los equipos de esta aristocracia pero sí con ambición, humildad y con espíritu de ganador.

Una diferencia importante de la que nadie se da cuenta es que los baches de Real Madrid y Barcelona es porque cuando juegan, atacan once y defienden ocho, porque ni Messi, ni Suárez ni Neymar defienden en Can Barça y ni Bale, ni Benzema, ni Cristiano Ronaldo defienden en el Bernabéu. Simeone ha hecho de su equipo una auténtica piña, donde nadie es indiscutible, donde todos corren por igual, y donde nadie es más importante que nadie. Simeone igualmente ha conseguido llevar a la hinchada de su equipo desde un pesimismo absoluto (aquella mítica frase de “¿por qué somos del Atleti?”), a malacostumbrarla a ganar o por lo menos a pelearles de tú a tú a los que antes casi les rendían pleitesía.

El caso más significativo del Efecto Simeone puede ser Fernando Torres: cuando ‘El niño’ se retire, seremos muchos los que no nos acordemos que cuando volvió al Calderón, estaba cedido y dedicado ya a la mala vida en Milán. Torres volvió al Calderón y recuperó la ilusión hasta el punto de estar ahora en uno de los mejores momentos de su carrera.

Por eso, el Atleti tiene algo que te hace decir: “joder, qué h… tienen estos del Atleti”, te hace ir con el Atleti en un partido donde no juega tu equipo. El Atleti ha conseguido que su afición vuelva a rugir, acabar con los más de quince años que llevaban sin ganar al Madrid y que ahora sean los merengues los que sientan complejo de inferioridad cada vez que pisan el terreno de los indios. Ha conseguido que sus partidos con Barcelona y Real Madrid sean tan importantes como los Barça – Madrid.


Como el fútbol es un deporte irracional, que a veces te compensa y a veces no, si bien el Atlético de Madrid consiguió el utópico hito de ganar una Liga, al Atlético de Madrid le debe una Copa de Europa: quizás más por lo que pasó en 2014 que por lo que pasó contra el Bayern de Munich. Ese gol de Ramos en el 93’ dolió a mucha gente no seguidora de los rojiblancos, pero esa humildad de la que hablaba la demostró Simeone, cuando ya siendo perdedores y hasta goleados, pedía a sus jugadores que no bajasen la cabeza, porque no tenían nada de lo que avergonzarse. Lo habían dado todos. Y tengo la sensación de que el fútbol este año, no sé si con la Liga o con la Liga de Campeones, le va a devolver la fortuna que le quitó hace dos años. Porque “si se cree, y si se trabaja, se puede”. Y “nunca dejes de creer”. 

lunes, 11 de abril de 2016

¿Y si...?

Por fortuna o por desgracia, así eres tú, así soy yo, y en general, así somos todos nosotros. Nos tiramos mucho tiempo de nuestra vida pensando en condicional, pensando en los famosos “¿y si?”: “¿y si llego a tiempo?” “¿y si le pasa algo?” “¿y si Madrid organiza unos JJ.OO?” Pensamos así porque creo que el mejor defecto que podemos tener las personas es la inseguridad. ¿Hay algo que nos haga más imperfectamente perfectos que dudar de algo?

Nos tiramos toda la vida pensando en el condicional, ya sea el primero, el segundo o el tercero, en que va a pasar algo, y lo único que pasa es la vida. Cuando por fin despejamos las dudas del “¿y si?” nos damos cuenta incrédulos y con las manos en la cabeza de que ya estamos pensando en el pasado de ese condicional: “¿y si hubiera llegado a tiempo?” “¿y si le hubiera pasado algo?” “¿y si Madrid hubiera organizado unos JJ.OO?”

Igualmente es comprensible que pensemos así: muchas veces dejamos nuestras decisiones en manos de algo tan arbitrario e imparcial como puede ser el tiempo, siendo ello más peligroso que irte al casino con los ojos vendados y tener que apostar entre rojas y negras. Y el tiempo, igual que la vida y otras tantas cosas, a veces te quita algo merecidamente, y otras veces te da algo sin que hayas hecho ningún mérito para conseguirlo.


Siendo sinceros: nunca vamos a lograr controlar el comportamiento del tiempo. A veces racional, a veces irracional, estamos hablando de algo más caprichoso y juguetón que “La chica de ayer” de Nacha Pop. Por mucho que le digamos que “ahora no podemos jugar”, nuestra cabeza va a estar eternamente dando vueltas y persiguiéndolo. 

viernes, 1 de abril de 2016

Sol.

Siempre se ha dicho que el mejor amigo del hombre es el perro. Una opinión personal que tengo es que el mejor amigo del ser humano es el sol. Sí, esa cosa brillante que está encima de nosotros durante muchos momentos del día.

¿Por qué? Bueno. Lo primero que tengo que decir es que el sol es el mejor amigo que hay. Siempre está hay con nosotros. O casi siempre. Hasta que se va a dormir. Si estuviera más pendientes de sus amigos que de sí mismo, posiblemente sería un mal amigo de sí mismo.

Otro motivo por el que reivindico la amistad con el sol es algo sencillo: siempre está ahí, siempre está callado pero está ahí dispuesto a darte apoyo: haga frío o haga calor. Estés contento o triste, está siempre hay para con sus rayos no dejarte solo. Y todo ello a sabiendas que es nuestro amigo más lejano. No hay nadie que viva más lejos que nosotros. Tan lejos que no podemos abrazarlo, pero él si tiene capacidad de sobra para poder abrazarnos. Abrazarnos tan fuerte que puede hasta perjudicarnos, que puede hasta quemarnos por el ímpetu de sus rayos.

Por ello, nosotros no podemos ir a buscar al sol. Pero el sol viene todas las mañanas a buscarnos a nuestra cama. Hasta los días que llueve, el sol abre la puerta de nuestro cuarto, levanta las persianas y nos da los “buenos días” cual madre o padre con sus hijos ya sean de cinco o de trece años.

Y el sol, nunca, pero nunca nos deja solos. Nos acompaña cuando el frío consigue pintar de nieve la ciudad, cuando nuestro cuerpo tiene una pelea eterna con el calor extremo o cuando hacemos un viaje a cualquier lugar del mundo. Quizás ese sea el mejor motivo que explique por qué es nuestro mejor amigo. Como dice la canción, nunca caminaremos solos, y ese nunca está directamente relacionado con el Lorenzo.



Igualmente, nuestro mejor amigo destaca por su fortaleza. El sol por obligación cuando se cae, consigue levantarse, sí o sí, es capaz de volver, y con más fuerza que nunca. Incluso cuando la tormenta trae la tempestad y golpea al sol, cuando la tormenta se va, ese sol maltratado volverá a traer la paz y la calma dentro de nosotros.