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martes, 7 de febrero de 2017

¿Final?

Me estoy pensando si acabar con el blog y crear otro. Es una idea que navega a veces por mi cabeza. Es un blog creado para una asignatura de cuarto de la ESO y lleva ya conmigo durante todo este tiempo. Es un blog que ya debo abandonar y crear otro, entrar en otra etapa, crear un blog que represente mi madurez, si es que yo tengo de eso. También me han dicho ya varias personas que el contenido muchas veces no casa con el nombre del blog.

Pero es que no me hace gracia la idea de dejarlo. ¡Lleva ya tanto tiempo conmigo que me da cosa dejarlo! Y encima con sus ciento y pico de entradas, con sus 20.000 visitas… Y porque no, no tengo tiempo. Si tuviera tiempo lo fácil sería finiquitarlo sin anestesia. Pero en mi caso es que no tengo tiempo para nada. No tendría tiempo ni imaginación para pensar en el nombre del siguiente blog, su fondo, su contenido, sus formatos para móviles y tablets, sus colores…

Y si empiezo otro blog, tampoco tengo claro de forma excesiva si quiero que sea un blog personal e íntimo como yo, o si quiero que sea un blog más bien profesional y periodístico como lo que aspiro a ser. El beso que convierta lo nuestro en eterno empezó siendo eso, un blog personal, donde mostraba todo lo que no soy capaz de mostrar en público. Pero poco a poco fue cambiando, sustituí la literatura por la opinión sin dejar nunca de lado a ésta.

Es una etapa con dudas, en las que me siento lleno porque siento que las cosas me salen bien a nivel académico, pero a nivel personal sigo sintiéndome como antaño, e incluso más confuso si cabe. Es un tiempo de deshielo, en el que me siento alguien congelado pero que con una caricia es capaz de deshelarse. Y quizás esto sea igual: si creo otro espacio donde poder soltar las gilipolleces que escribo, quizás significará que de verdad he dejado de ser hielo para convertirme en agua.

Si creo otro blog, ¿me seguirán más, me seguirán menos? Es la duda de siempre. Hay mucha gente que relaciona mi nombre con este rincón. Y hay quien acabará harto de las gilipolleces que escribo y quien no me conozca y tenga ganas de hacer lo propio, con mi blog pueda sentir esa satisfacción por cumplida.


No sé si esto es un adiós, si esto es una despedida definitiva o qué es. Pero en todo caso quiero darte las gracias por haber estado ahí por aguantar mis risas, mis llantos, mis símiles, mis metáforas, mis críticas, mis alabanzas y por haber estado tanto tiempo conmigo. Pero como Peter Pan, quizás sea el tiempo de darse cuenta de que estoy en otra etapa escribiendo.
La imagen puede contener: una persona, niño(a) y exteriorLa imagen puede contener: una persona, de pie y exterior

domingo, 29 de enero de 2017

1-1: Luis Suárez le roba la Alegría al Villamarín.

El mejor Real Betis Balompié del curso acarició la victoria en su partido disputado este domingo contra un FC Barcelona desdibujado durante gran parte del encuentro. Los locales, que se adelantaron gracias a Álex Alegría, tuvieron además dos balones al palo y un mano a mano clarísimo que Rubén Castro perdonó frente a Ter Stegen. Por su parte, los culés reclamaron dos goles fantasmas, donde uno parece que entró de forma clara, mientras el otro lo salvó a tiempo la defensa bética.

Con un Benito Villamarín casi repleto y con la gente pendiente mitad y mitad de su equipo y del tenis, Víctor Sánchez del Amo sacó en el once a los fichajes invernales, Rubén Pardo y Tosca, quienes le dieron mayor tranquilidad al equipo en posesión y salida de balón. El entrenador bético planteó un partido con una presión alta y valiente. La sensación de peligro por parte del Barça se producía cuando eran capaces de saltar la línea de presión formada por la delantera bética como así sucedió cuando Neymar se puso de cara a gol pero Adán estuvo brillantísimo. Por su parte, el Betis asimiló su idea: presionar y salir rápido cuando pudiera. Una salida rápida debida especialmente al protagonismo ofensivo de sus carrileros Piccini y Durmisi, y por la actuación estelar de Dani Ceballos, quien desde lejos puso en apuros al portero alemán. El propio Durmisi o Rubén Castro también avisaron, pero sin atinar a la portería

Tras el paso por vestuarios el partido siguió en la misma tónica, aunque el Betis poco a poco iba creciéndose por el poco peligro que sufría: Dani Ceballos metía un zapatazo impresionante que se estrelló en el travesaño. Y Castro, minutos después, enviaba al palo un tiro que tenía escritas las letras de ‘gol’ más temprano que tarde. Esa jugada que acabó en córner, propició el gol bético tras un fallo de Ter Stegen quien no blocó correctamente un balón empujado a placer por Álex Alegría. Heliópolis estallaba de alegría y disfrutaba con la exhibición de coraje y pundonor de sus jugadores.


Desde ese momento, el partido cambió: el Barça despertó, a los verdiblancos les entró el miedo a ganar y el cansancio físico les empezó a pesar. El técnico bético se equivocó con los cambios (Donk por Rubén Pardo y Nahuel Leiva por Petros), y los catalanes poco a poco iban encerrando en su área a los verdiblancos. En una de esas intentonas, Aleix Vidal puso un centro que Luis Suárez remató mordida, y que Aisa Mandi sacó cuando había rebasado claramente la línea de gol. Los azulgranas achuchaban con insistencia y el Betis había ya resistido a atacar excepto a la ocasión del goleador bético ya comentada. Cuando el minuto noventa ya merodeaba por el marcador, Nahuel recogió un balón de espaldas en su propia zona de peligro, fue presionado por dos jugadores culés, entre ellos Messi, quien le robó la cartera e hizo de las suyas para que el uruguayo Suárez empatase. De ahí hasta el final los de Luis Enrique siguieron insistiendo pero el marcador no se movió. Un empate que es agridulce para los locales, y que aleja (o no, dependiendo del resultado del Madrid) a los de Lucho de la Liga. 

lunes, 9 de enero de 2017

Le poison

No se dejen llevar por las apariencias. Aunque sus labios parezcan realmente bonitos por el rojo de su pintalabios, una vez los cruzas con los tuyos te das cuenta de que sus labios cortan mucho. Y que aunque el beso sea intenso o dulce, es un beso mucho más doloroso de lo que cualquiera de nosotros creemos.

Ese momento fugaz en el que los labios conectan es un segundo en el que dentro de tu memoria se produce un baile eléctrico de sentimientos e imágenes que poco a poco te van envenenando, te van llenando de porquería que a dos o tres imbéciles en un día de resaca se les ocurrió llamar amor, o algo así.

El veneno empieza en tus labios pero en poco tiempo han transcurrido por todo tu cuerpo. Aunque quieras detener el beso por lo cortantes que son sus labios, no solamente no eres capaz de detenerlo, sino que te acabas sintiendo dominado por ella, que ataca tu cuello (sí, ese cuello que tantas cosquillas te producen cuando te acarician) con sus pícaros mordiscos.

La profecía es tal que ella te empuja hacia la cama, te tapa con las sábanas y mientras besa el cuerpo, hace auténticas maravillas en sitios que no se pueden decir. Los gemidos se sienten tanto que los muebles vibran y los pájaros que estaban apoyados en la ventana se van huyendo asustados hacia otro balcón en busca de paz y en busca de calor.

El primer beso corto poco a poco se van convirtiendo en muchos besos largos y duraderos. Las ventanas poco a poco se van evaporando y el sudor de los cuerpos empieza a hacerse sentir en las sábanas. El primer beso fue a las cuatro de la tarde, los dos llevabais un peinado impoluto y seguía siendo de día, el enésimo es a las seis y cuarto, de repente la luna ha bajado para visitaros y estáis despeinados llenos de arañazos.

Arañazos motivados por la pasión, por las ganas de desearos, por las ganas de amaros, por las ganas de hacerlo. Arañazos de creer que a veces, solo a veces, los deseos pueden llegar a cumplirse por más utópicos que parezcan, pero también llegar a convertirlo en el mejor guión cinematográfico posible. Porque ella es la Meryl Streep a la que tú te mueres por besar, y él quizás no canta tan bien como Sinatra, pero sí hace mejor cosas con su lengua que el propio cantante.


No es un veneno que te mate, ni mucho menos, pero es un veneno peor: es un veneno que puede que te enamore. Y como lo haga, vas a estar jodido durante mucho tiempo, porque puede perdurar dentro de ti mucho tiempo, y cuando salga, lo echarás de menos tanto tiempo que te dolerá más que el primer beso. 

lunes, 12 de diciembre de 2016

Aciertos y errores

La semana pasada un día hablando con mi padre, éste me asombró con una frase: “tú tienes algo, y es que normalmente no sueles hacer muchas cosas mal”. El enunciado, pasado varios días, sigue coleando dentro de mi cabeza.

Partiendo de la base de que como dijo un famoso filósofo del siglo XXI llamado Mariano, “somos seres humanos y tenemos sentimientos”. Como ser humano, haré cosas a veces decentes y otras veces tendré fallos. El caso es que, según mi opinión, y no hay nadie que me conozca mejor que yo mismo, mis actos positivos escasean y los negativos son actos en abundancia: por culpa de lo que todos sabemos soy muy nervioso, derramo y rompo muchos vasos, no tengo la caligrafía bonita y tengo una forma de ser cerrada. En definitiva, que mis actos malos además de ser más numerosos, en una balanza pesan más que las acciones positivas.

Más: entre mis acciones buenas, ni yo mismo sabría reconocerlas, ya que no considero que sea especialmente bueno en nada: como persona no tengo nada que sea considerado como especial, como estudiante soy más bien mediocre tirando a malo, aquello que escribo siempre lo considerado sobrevalorado por la reacción de la gente. Mis únicos puntos buenos nacen a partir de algo malo: cabezonería. Es decir, me gusta hacer las cosas bien. Ya saben, aquello de “para hacerlo mal es mejor no hacerlo”. Y sí, siempre soy muy perfeccionista. La mayor parte de las veces que tengo una buena nota considero que podría haber tenido más.

Por ello, me siento en un momento bastante agobiante y malo a nivel individual, esperando con ansía a que acabe el año bajo la esperanza de que el siguiente sea mejor. Porque sí, este ha sido bonito y especial, pero está acabando siendo una tortura. A eso hay que añadirle que el entorno en muchos casos no ayuda para nada, más bien al contrario: personas que se “desconectan” literalmente de los trabajos en grupo hasta el fin de semana antes de hacerlo, y cuando aparecen, hay más palabras que actos, personas que van y vienen de tu vida con su egoísmo particular de revolucionarlo todo…


Aunque en fin, supongo que como dicen, siempre que llueve, escampa.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

El niño que nunca se calzó las botas


(Autor: Luis Olvidar)

Adrián era un niño especial. Siempre lo fue, desde que nació prácticamente. Al mes de su madre estar embarazada de él sufrió un amago de aborto. Se conoce que él ya era diferente desde que merodeaba en la barriga de aquella mujer. Después, a la hora del parto se puso de espaldas y se posicionó de culo para venir al mundo, lo cual llegó a provocar que hasta el ginecólogo que llevaba a su madre llegara a pensar y decir en voz alta que venía una niña. De hecho, el día del nacimiento, al entrar la madre en el hospital y reconocerla dijo:

-Es una niña porque le he tocado la vulva.

¡Y a fe que lo dijo delante de la madre y la enfermera! Por eso, cuando él nació, pasadas las cuatro y media de la tarde y salió del paritorio el padre se quedó cortado al preguntarle a la enfermera que empujaba la camilla con la parturienta y el recién nacido:

-¿Como están las dos?

-Serán la madre y el niño-contestó una asombrada enfermera.

-¿Pero es un niño?-preguntó un no menos asombrado padre-¡Pero si el ginecólogo ha dicho que era una niña!

-Pues es un niño. Va a tener que cambiar el nombre que tenían previsto-respondió la sonriente mujer.
Y Adrián, como todos los bebés, fue creciendo y cumplió un añito. Pero ya daba muestras de que algo fallaba. Sus padres no eran capaces de acertar en qué, pero eran conscientes de ello. Sus hermanos también. El padre en el verano que sucedió a su segundo cumpleaños notó que aquel niño no se movía demasiado. En la piscina lo dejabas en su carrito y no se movía. Estaba despierto, pero apenas se movía de su carrito de bebé.

Fue entonces cuando comenzó el calvario de médicos de Adrián. El pediatra le mandó hacer pruebas de todo tipo, sin que ninguna de ellas diera ningún resultado extraño. Así que finalmente lo mandó al neurólogo. El neurólogo comprobó que las pruebas no aportaban apenas datos pero si descubrió que Adrián, aunque era normal, tenía una especie de cicatriz en el cerebro que le  provocaba ciertos desequilibrios de movilidad y algún problema en el habla, por lo que recomendó llevarlo a una logopeda. Y así se hizo, durante un tiempo sus padres lo llevaron a una logopeda con la cual corrigió sus problemas de habla.

Mientras aquel niño seguía creciendo y ya tenía cuatro años. Era un niño hermoso, lozano, algo regordete y, decían, un calco de su madre. En sí era la alegría de la casa, por su carácter tranquilo, por sus tremendas dotes de observación, que le hacían ver cosas que nadie era capaz de ver.

-Mira-decía con su vocecita de mocoso-El Calzado Andaluz-y nadie lo veía, mientras su padre o su madre conducían el coche.

-¿Dónde?-preguntaban todos al unísono, tras desgastarse la vista buscando algún signo que lo identificara.

-Allí, en aquel cartel-contestaba el pequeño señalando un cartel alejado de la carretera.
Y efectivamente, un pequeño círculo con un zapato en su interior lo mostraba en la parte inferior del citado cartel. Al final todos acababan riendo por su vista que le hacía ver cosas que los demás no llegaban a observar.

Como a muchos niños a Adrián le apasionaba el fútbol. Le gustaba jugar en el colegio con sus compañeros de clase y además: ¡era zurdo jugando! Por lo general en todos los deportes los zuros suelen escasear, así que el fútbol no es la excepción.

En vista de que le gustaba jugar, de que era bueno para su sicomotricidad, que también era importante realizar actividades extraescolares que le mantuvieran en contacto con la calle pero sin estar todo el día en ella, sus padres decidieron apuntarlo con ocho años a una escuela de fútbol, aprovechando que conocían a un antiguo jugador de un equipo de su ciudad.

Fue así como Adrián comenzó a jugar al fútbol y a aprender que la vida es dura y tormentosa. Su entrenador era un hombre ya entrado en años de carácter afable, pero tremendamente gruñón y en los partidos protestón al máximo con los árbitros, aunque hay que reconocerle que dentro del respeto. Los niños lo querían, aún a pesar de las broncas y los gritos que les metía durante los entrenamientos, pero al acabarlos era capaz de sonreírles y tratarlos como si fueran sus nietos a todos. Adrián, como era de esperar, no jugaba demasiado debido a su eterno problema de movilidad. No tenía rapidez, lo cual era un hándicap pues le impedía correr mucho y tener velocidad, algo fundamental en el deporte. Por otra parte lo hacía jugar a pierna cambiada, que provocaba el no poder controlar bien la pelota.

La cosa fue a peor en el segundo año, ya que todos subieron de categoría menos él, que seguía yendo con la categoría que había jugado la temporada anterior. Eso provocaba un problema, ya que tenía mucho cuerpo y más de una vez se notaba que no jugaba en la categoría que debería de estar, con lo cual tampoco jugaba.

Al tercer año su padre decidió cambiarlo de escuela, ya que en la que estaba inscrito se hallaba bastante lejos de su hogar y era complicado llevarlo a entrenar al tiempo que tenía que llevar a sus dos hermanos a las actividades que ellos también tenían que realizar al salir de la escuela. Por otra parte en la nueva escuela si le incluyeron en la categoría que le correspondía. Tampoco es que le dieran demasiadas oportunidades, pero él nunca se quejaba.

Sin embargo aquel verano tomó una decisión, Adrián, trascendental para su vida: decidió que no seguiría jugando al fútbol. Era, con su edad, consciente de que nunca podría tener el nivel suficiente, ni siquiera el de sus compañeros, para poder darles patadas al balón. Así que era mejor dejarlo allí y seguir jugando en el patio del colegio con sus compañeros. Además, allí se divertía más y nadie le iba a meter una bronca.

Pero sus problemas no habían llegado a su fin. Nuevas pruebas médicas detectaron que tenía una importante desviación de columna y que era preciso de que hiciera ejercicio para poder corregirla. El médico aconsejó que hiciera natación. Así que dicho y hecho. Comenzó a practicar natación. ¡Y consiguió nadar bien! Fueron dos o tres nuevos años de actividad febril para no tener que pasar por un quirófano que le amenazaba por su columna vertebral.

Adrián había llegado a su adolescencia. La vida se había tragado el pasado como un huracán hambriento de todo lo que se pone en su camino. Años y años de peripecias que no habían sido positivas para él. Enseñanzas que le provocaban una retahíla de complejos difícilmente resolubles para él. Por suerte tenía amigos, buenos amigos, que no le dejaban.

Su amigo Héctor también jugaba al fútbol. Un día le pidió que le acompañara a un entrenamiento. Era verano, finales de agosto. La hora ya tardía para evitar los calores que trascienden a este mes, o al menos tratar de minorarlos lo más posible. Así que fue con él a verlo entrenar.

Las luces del campo relumbraban dando perfecta visibilidad a los jugadores. Todos iban enfundados de sus uniformes de entrenamiento. Héctor, en contra de la mayoría de sus compañeros, calzaba unos deportivos en lugar de las típicas botas de tacos. Fue al final del entrenamiento, cuando iban a jugar un partidillo, que Adrián le vio acercarse a su entrenador y hablar con él. Desde su posición no escuchaba lo que estaban hablando. Cuando terminó de hablar con él, vio que salió corriendo para la caseta del vestuario y al momento volvió con las botas de jugar y se dirigió hacia él. El corazón de Adrián comenzó a latir con fuerza, Héctor se dirigía hacia él con unas botas de fútbol, ¡aquellas que él nunca había podido tener! Cuando llegó ante él se las alargó y le dijo:

-Anda, póntelas, que le he pedido el favor al entrenador que te deje jugar el partidillo de entrenamiento.-comentó-Como aún hay gente de vacaciones faltan jugadores y como sé que a ti te gusta jugar nos podrás ayudar ahora. Como tú y yo más o menos tenemos el mismo pie no creo que te vengan pequeños ni demasiado grandes.

Adrián se quedó petrificado. No sabía que decir. Así que poco a poco se fue desabrochando sus deportivos y se puso los que su amigo le estaba prestando. Pero sobre todo sonreía. En aquel momento Adrián era el adolescente más feliz del mundo entero.

Una vez se calzó las botas se incorporó a la rueda que formaban los jugadores alrededor de su entrenador. Héctor hizo rápidamente las presentaciones y todos le sonrieron con amabilidad. Sonrisas a las cuales correspondió él con su cara de máxima felicidad.  El entrenador repartió rápidamente las instrucciones a Adrián le hizo que se quedara un momento más con él para unas instrucciones adicionales. Después hizo dos equipos de igual número de jugadores y a uno de ellos, el de Adrián, les repartió unos petos para diferenciarlos de los otros.

Cuando acabó el entrenamiento todos lo felicitaron por su trabajo. El entrenador se lo llevó aparte y le dijo.

-Es una pena que tengas esos problemas de sicomotricidad, Adrián, porque si no podrías haber llegado muy lejos. Tienes cualidades muy buenas para jugar, pero es una lástima que no puedas correr más deprisa.

Y a continuación ambos se fundieron en un gran abrazo. Le pidió que siguiera yendo de vez en cuando a los entrenamientos. Que podía ser su ayudante, que necesitaba a alguien que le echara una mano y que le gustaría que fuese él. Adrián se comprometió a pensarlo, a hablarlo con sus padres y a contestarle. Lo que no podía saber el entrenador que estar ligado al mundo del deporte era el gran sueño de aquel jovenzuelo,  y que si sus padres se lo permitían podría comenzar a hacer realidad sus deseos. 

viernes, 28 de octubre de 2016

'Pocas luces' hay en todas lados.

Reconozco andar un poco preocupado: ya no sé si es que hablo un idioma distinto respecto a mi generación y a mi país o soy yo que ya me estoy haciendo mayor.


La cosa empezó con la que se lió en la UAM y con Felipe González. ¿Es libertad de expresión manifestarse contra una persona? Sí. Eso nadie lo duda. Lo que ya me parecía no tener tanto sentido es ver a jóvenes ir a manifestarse con el rostro tapado por caretas (la mayoría de papel). Llevo días buscando una explicación para entender por qué querían taparse el rostro, pero sinceramente no la he encontrado. No la he encontrado y más de una vez he pensado en que yo solamente me pondría una careta si es para ir al banco en el que trabajaba mi padre por ejemplo o ir a agredir a una estudiante de la residencia donde trabaja mi madre.

Siguió mi poco entendimiento con el mundo el sábado con lo sucedido en Mestalla y el posterior pollo post-deportivo formado. Vayamos por partes: La violencia no tiene justificación jamás, sea cual sea la incitación, cosa que más de uno o no ha entendido, o ha vuelto a dejar de entender. El caso es que el Barça metió el 1 – 2 definitivo en el 93’ y tras hora y media aguantando insultos del público sumadas a las entradas chés, se fueron a celebrarlo y en pleno estado de euforia se encararon con el grupo radical valencianista y la respuesta de un burro, porque no tiene otro nombre, fue tirar una botella a Neymar. Dicha botella dio en Neymar, no hay más. Patética la simulación de algunos pero más patética e injustificable fue la actitud del burro, o burrito pues es incluso menor de edad y justificó su agresión a la euforia culé del momento. A todos los que justifican esto como provocación les pregunto: Cada vez que insultan a un árbitro, ¿está éste en su derecho a tirarles una botella? 




La mayor insensatez llegó desde el Comité de Apelación quien primero no sancionó el lanzamiento de una bolsa de pipas a Paco Alcácer (tratado como un enemigo por tener el deseo de ser ambicioso y querer luchar por más, no ser solamente un clase media) después sancionó al cafre de Mestalla con un “paquete” (y casi regalo) de 3.000 euros, reducido a la mitad por “haber encontrado al autor”. Permítanme la licencia de asegurarles que en vez de ser en Mestalla llega a ser en la capital de Andalucía y la gente que se va los fines de semana a hacer el amor al Estadio Olímpico necesitaría otro picadero pues volvería a acoger un evento deportivo tres milenios después. Y siendo como en el caso de Mestalla algo reincidente, (hace un par de años ocurrió con Messi, al que sacaron amarilla por perder tiempo...telita) ni les digo.


Podría hablar del derribo de la estatua de Franco en Barcelona, podría hablar de ese deseo de muerte de aquella señora antitaurina contra el chaval enfermo que no hizo más que ir a un evento cuyo fin era recaudar fondos para la recuperación del crío, pero ya tan lejos prefiero no meterme, no vaya a ser que el lunes aparezca uno con una careta de papel y tirándome una botella en la cara. 

miércoles, 19 de octubre de 2016

Pinceladas

Escribir a veces puede llegar a ser bastante complicado. En este momento me siento con muchas cosas que decir y que contar. Pero no me sale, y cuando me sale no me gusta. Volver a empezar hasta hartarte de sentirte tan impotente. Tampoco me ayudo para nada ahora mismo. Internamente sufro un cortocircuito y una disputa entre el corazón y la cabeza: el alma me dice muchas cosas de forma irracional, y la cabeza me dice cosas totalmente opuestas, que además rechazan los sentimientos y apuestan por la racionalidad.

Resultado de imagen de neutralidadSiento bastante hastío con todo. Porque siempre es igual, la misma historia, la misma basura. Con todas las cosas que surgen estamos intentando hacer una guerra civil basada en el “estás conmigo o estás contra mí”. ¿Qué pasa con los que somos neutrales en muchas cosas? Les da igual. Lo que les interesa es que les apoyes. Y si no les apoyas te conviertes en un enemigo suyo. Y yo como ser humano detesto que me digan cómo tengo que pensar o qué me tiene que gustar. Si me da igual el doce de octubre ni soy un facha, ni soy un extremista al que le está saliendo coleta, soy una persona a la que tal día le da lo mismo, es uno más como otro cualquiera.

Hartazgo noto también incluso a la hora de dar mi opinión. Siempre he pensado que a mí no me lee nadie y así seguiré pensando. Me gusta escribir y tirarme a la piscina, y me da igual si tiene agua o no. Pero cuando leo la reacción de la gente ya me empieza a ser cansino que a la gente a la que no le gusta lo que hago, digo o escribo usen cualquier cosa para demostrarme su disconformidad. Tolero la disconformidad y la crítica constructiva, lo que ya me cansa es que se llegue a la falta de respeto, y que incluso los no conformes con mi opinión la lleguen a usar de forma “justificada”. Es alucinante que en el año en el que estemos sigamos justificando cosas tan patéticas como el insulto como respuesta a algo que no va con tu modo de ser.


Reconozco también vivir ahora mismo una situación personal complicada. Vivo en un círculo vicioso del que no termino de salir, y del que cuando salgo cada dos por tres estoy volviendo a la misma página aunque sea por saber cómo le va. Y cuando sé que si le va bien por un lado estaré feliz. Pero por otro me joderá más que nunca. Lo pienso una y otra vez. ¡Qué felices habríamos sido si los kilómetros en vez de ser eso, kilómetros, fuera la cantidad de caricias que nos habríamos dado todo este tiempo. Pero no. El pasado, pasado es. Pero claro: llevo con la misma cantinela desde que acabó el verano y ya ha llegado el frío y yo sigo igual de perdido.

viernes, 2 de septiembre de 2016

La musa que nunca conoció Van Gogh.

Nos conocen como los más locos de la ciudad porque somos dos cabras locas que han soltado por la calle. Porque nos ponemos tan tibios de cerveza con limón en la Gran vía que volvemos haciendo curvas en las rectas y hacemos rectas en las curvas. Porque tus risas se escuchan con tal volumen que levantas a los vecinos y se preguntan a qué se debe tal escándalo.

La gente nos mira mal, como si fuéramos desequilibrados mentales… Y con razón, pues ni yo tengo tu número para volver a llamarte ni tú sabes mi nombre. Yo sé que volveremos a encontrarnos. Pasa en las películas y tú eres más un personaje de película que alguien real. Pero me siento tan en paz conmigo mismo cuando estoy contigo. Es algo que no se puede explicar, no hay colores ni cuadros de Van Gogh que expliquen la paz que siento en mi interior cuando nos encontramos por casualidad en cualquier rincón minúsculo del mundo. Eres como un antídoto que elimina de un suspiro todas las cosas malas que vive el mundo. Con ese soplido te llevas por delante el hambre, la violencia, las discusiones estúpidas de pareja sobre qué ver en la televisión.


Y, amor platónico, antes de que te vayas y de que te esfumes en cuanto veas la primera seña de que el amanecer ya ha llegado te quiero pedir un último favor: róbame el sueño esta noche. Quítame las ganas de dormir y dame todas las ganas de bailar, de reírnos de esas comedias románticas en las que todo siempre acaba saliendo bien. Quédate, cenemos pizza y que sobren trozos para que tengamos algo para desayunar junto al café. Quédate despierta hasta que caigas rendida boca abajo en el sofá desnuda. Cuando eso ocurra, sabré que no hay ningún cuadro de Van Gogh que lo explique pero sí eres la personificación de La noche estrellada, tu espalda es París, y tus lunares son las estrellas. 

viernes, 19 de agosto de 2016

Despedirse

Debe ser jodido despedirse de alguien a quien quieres y a quien no sabes cuándo vas a volver a ver. Esto va como un concierto, ¿no? Se despiden pero no se van del escenario primero, después se van del escenario pero al poco tiempo vuelven por el reclamo del público hasta que se van de verdad.

No es fácil despedirse. No es fácil ese último beso o ese último abrazo que parece eterno pero se queda en eso, en una apariencia. Te quedas enganchado a esa persona igual que intentas enganchar a las agujas del reloj para que no se muevan. Pero no hay fuerza humana que detenga el tiempo. Como decía Alejandro Sanz “el tiempo corre porque es un cobarde”. Y cuando esa persona se va, cada paso que das giras la cabeza buscándola para saber si ella también se ha dado la vuelta.

Nunca es fácil ni la despedida ni su tiempo posterior. Ese viaje de vuelta en el que se te juntan las emociones con los recuerdos, y en el que ya te entra la melancolía cuando sabes que no hay nada mejor que haber estado con ella sentado en los escalones de cualquier plaza, en las escaleras de cualquier calle desconocida para los dos. Eso es lo que tiene ella, que de cualquier situación normal y corriente, a distancia o cara a cara, te crea un contexto inolvidable, de esos momentos que jamás te salen de la cabecita: las cosquillas, las bromas, las “peleas” por ver quién paga la Aquarius…


Más difícil es aún cuando los dos llevabais esperando ese momento más de mil días, más de tres años. Más difícil es aún cuando fue breve, pero tan intenso. Una calada de Marlboro, un trozo de chocolate suizo, un sorbo de ron, un ratito de paz, de felicidad verdadera. Es muy difícil. Pero también parecía imposible que se cumpliera y se cumplió. Y me gustaría creer que fue la primera de muchas. Porque necesito acostumbrarme a sus despedidas. Porque algo tan bonito no se merece una sola despedida.

viernes, 5 de agosto de 2016

Los cinco aros de los anónimos inmortales

Estoy preocupado. Parece como si la prensa deportiva española estuviera hechizada. En los últimos días nada más que pronuncian nombres propios que nadie conoce como Garibe Muguruza, Mireia Belmonte, Carolina Marín, Bruno Hortelano, Saúl Craviotto o Mario mola, además de pronunciar palabras de un idioma totalmente desconocido: hockey, balonmano, judo, taekwondo, halterofilia…


Mi preocupación va a más porque este hechizo lo he visto antes: hace cuatro años ocurrió algo idéntico: los mismos nombres anónimos que posteriormente dejaron de ser anónimos cuando consiguieron subir al pódium de una competición llamada Juegos Olímpicos o algo así, porque me acuerdo que en un pasado no tan lejano eran el sueño de todo deportista, y que ya en la Antigua Grecia se practicaba.

Como decía, en un pasado no tan lejano eran el sueño de todo deportista, pero los Juegos Olímpicos han perdido toda su fama (y con ella el mérito de los que participan en ellos): importa más las uñas de Cristiano Ronaldo que los récords que consiga Usain Bolt en una pista de atletismo, importa más el pelo platino de Leo Messi que las dificilísimas coreografías de Gemma Mengual y Ona Carbonell en la piscina olímpica de turno.

Y si soy sincero, a mí como periodista que soy me encantaría vivir este hechizo con forma de cinco aros, me encantaría ver la cara de Hitler cuando un chaval de color llamado Owens humilló a los atletas alemanes en 100, 200, 4x100 metros y salto de longitud, me encantaría volver a ver a un tiburón en la piscina como Michael Phelps arrasando a sus rivales, o volver a ver reivindicaciones políticas tan maravillosas como a Hassiba Boulmerka en Barcelona ’92 consiguiendo la primera medalla de oro para Argelia  en unos Juegos Olímpicos y celebrarlo llena de rabia desafiando todo el machismo de su país mirando a cámara.


Quiero vivir ese hechizo, y sentirlo de tal forma que consigamos por fin entender que los nombres mencionados en el primer párrafo no deben ser anónimos sino inmortales, y que algunos de ellos representan a algunos de los mejores deportistas españoles de la historia. Que muchos y muchas de nuestros deportistas merecen un Princesa de Asturias por ser verdaderos ganadores del deporte español y no se les da ni bola.
 Que empaticemos por ejemplo, con el triatleta Mario Gómez Noya y otros tantos que han sufrido una lesión que les impide disputar los Juegos cuando habrán estado entrenando ¿meses? ¿años? de cara a intentar conseguir una medalla, de intentar conseguir que en Río de Janeiro suene el himno español. 


lunes, 25 de julio de 2016

Globalización

Es la era en la que más herramientas tenemos para crecer en todos los sentidos. Tenemos móviles que usamos para todo menos para llamar, tenemos tablets, tenemos televisiones inteligentes, y por tener tenemos hasta más vidas que un gato gracias al Candy Crush. Debería ser una especie de Edad de Oro para el humano. Y a veces pienso que más que crecer, estamos caminando hacia detrás.

Es la era donde más pluralidad se supone que existe pero nada más lejos de la realidad: en la televisión siempre salen los mismos periodistas que casualmente son los mismos a los que escucharemos un par de horas más tarde en una emisora de radio y justamente las mismas caras que nos encontraremos el día siguiente en cualquier artículo de opinión. Si por lo menos fueran gente serie pues mira… pero hasta que no me demuestren lo contrario, son periodistas que saben mucho de nada. Y mientras tanto, en el paro mucha gente válida que sabe un poco de todo.

Por decirlo de una forma bruta: es la era donde más canales para demostrar nuestro talento tenemos, y en donde menos talento demostramos. Es la era en la que Internet nos sirve para informarnos, para que los jóvenes sepamos de dónde venimos y hacia donde queremos ir, para demostrar de qué pasta estamos hechos. Y sin embargo no lo aprovechamos, y cuando por fin captamos un mínimo de atención, lo rematamos con un: “da igual que no tenga estudios, el año que viene voy a Gran Hermano y ya está”.


Es la era en la que queremos borrar las cosas malas que han ocurrido en el pasado, como si eso fuera a conseguir que alguien no sepa quiénes fueron Franco o Lenin. Y sobre todo, es la era en la que nos hemos convertido en adivinos: ya sacamos defectos a una situación o acontecimiento antes de que ocurra, pedimos la dimisión de una persona que todavía no ha sido nombrada para un trabajo por su forma de pensar o de vestir. Es la era en la que llegamos incluso a matar al que tenemos enfrente por ser X antes que ser Y.

Y como dijo Cicerón, “el pueblo que olvida su historia está obligada a repetirla”.

martes, 19 de julio de 2016

Estar a tu lado es soñar.

Una llamada. Podría ser una llamada más, pero no, no lo es. Es una llamada especial. Han pasado tres años y nunca la has tenido tan cerca como la tienes en ese momento. La tienes tan cerca que cuando no la encuentras con tu vista te empiezas agobiar y por eso la llamas. Andas para arriba y para abajo por mitad de la calle buscándola con tu mirada pero no la encuentras. Te tranquiliza oír su voz, pero al mismo tiempo te agobia. Cuanto más te tranquiliza más deseas escucharla por primera vez en tu oído. Sin móviles, sin ordenadores.

Caminas para arriba y para abajo, perdiendo el norte, sin saber ya hacia qué punto cardinal andas. Te sientes tan perdido y controlado por sus ganas de verla que tu mirada perdida ve a una persona en la larga distancia. ¿Y si fuera ella? Está de espaldas, y parece que está hablando por teléfono. Andas despacio, pero con el corazón a mil por hora. Cuanto más te acercas estás más seguro de que es ella. Cada paso es un segundo menos. Cada paso escuchas una voz que te recuerda más familiar. Sí, es su voz, sí, es ella. Ella no para de dar vueltas sobre sí misma buscándote sobre la multitud. Y mareada de tantas vueltas con el móvil en su oreja, un segundo antes de que tu mano contacte con su piel, vuestras miradas se cruzan, por primera vez. ¿Cuántos días habrán pasado desde que os conocisteis? ¿Y cuántos habrán pasado esperando ese momento?

Antes de que por fin llegue el abrazo más esperado, a ella sólo le preocupa una cosa: colgar la llamada. Y cuando colgáis, no se espera ni un segundo, se tira a tus brazos con todas tus ganas, sin fantasmas y sin miedos. Cuando te abraza de una forma tan efusiva, te da igual todo: las muchas horas de sueño que llevas encima, el calor, la gente, todo. Te agarra con toda sus fuerzas porque necesitaba desahogarse todas esas ganas de abrazarte y que no pudo hacerlo en su momento, todas esas cosas que te quiso decir cara a cara y que no pudo porque nunca habéis podido quedar y tomar algo, ir a dar una vuelta o a perderos por el mundo una noche de verano.

Fue una mañana. Ojalá hubiera sido un día. Ojalá hubiera sido una semana, un mes, un año, o una vida. Fue un rato en el que algunas cosas salían bien y otras no tan bien. Pero daba igual todo lo que saliera mal. Estabais tú y ella. Ya era hora de que por fin pudierais estar tú y ella. Ya era hora de poder disfrutar un rato. De poder cogerla de la mano, de poder atacar su cuello cual tiburón, de poder morder sus labios con todas esas ganas que llevas aguantando todo este tiempo. De tener el privilegio que no tienen los demás de acariciar su pelo, de no tener palabras para poder expresar la paz que sentías dentro de ti en ese momento. Fue una mañana. Y pasó con tal velocidad que ya quieres que llegue la segunda vez. Y que sea mucho más duradera, que sea eterna, que sea igual de maravillosa que la primera. Aunque mientras esté ella, la vida será así aunque os separen siete océanos.

jueves, 30 de junio de 2016

Yerro

Yerro. Porque soy humano, no soy perfecto. Yo yerro, tú también y el otro igual. Me equivoco más que nadie en muchísimas cosas, y lo reconozco. Muchas veces me equivoco por cabezota, otras veces por no saber diferenciar dos elementos y otras veces por otras tantas cosas. Qué aburrida sería la vida si no me equivocase, ¿no? 

Quien tiene boca se equivoca. Y quien se equivoca la mayoría de las veces soy yo, y yo mismo soy quien me doy cuenta. Hay otras veces en las que se dan cuenta terceras personas, y por mucho que intenten hacérmelo ver no soy capaz de verlo. Y también hay errores que nadie ve y que nadie entiende. Fallos hay tantos o más que seres humanos forman la tierra.


Pero no pensar como lo haces tú no es equivocarse. Pensar de una forma distinta a como lo hace la mayoría no es equivocarse. Simplemente es eso: otra forma de pensar. Esa es la base de nuestro mundo. O era. Y quién sabe si volverá a ser. Si vas a ser tú o vosotros los que intentéis imponerme una forma de pensar estaré dispuesto a escucharos encantados. Pero si no me vais a escuchar a mí después no pidáis que os escuche. Si estáis dispuestos a oír mi forma de pensar os la explicaré las veces que sea porque siempre lo haré con argumentos siempre elaborados desde el respeto, pero si vosotros no vais a escucharla o vais a hacerlo sin respeto luego no os quejéis. Si a mí no me queréis escuchar y sólo queréis imponer vuestra ideología puede que os escuche una vez, o dos veces, pero ya a la tercera seguramente os dé la razón  como a los tontos.


Y por favor. Aprended que vuestra forma de pensar no es la que tiene que seguir el mundo. Que por muy aceptada que sea no tiene por qué ser la correcta, que hay opiniones menores que también merecen ser leídas, oídas y vistas como las vuestras. Que no hay una forma de pensar perfecta. Nadie ve la vida igual. Y sobre todo, nadie ve la vida mejor que otras personas. Que si tú y yo trabajamos mano a mano limando nuestras diferencias vamos a crear una vida más amable y más bonita tanto para nosotros y para nuestros futuros. 


sábado, 28 de mayo de 2016

Un deseo

No creo en la reencarnación. No creo en dios y no voy a creer nunca. Pero si en algún momento perdiera la poca cordura que me queda y me diera por creer en estas cosas, quiero pedir el deseo de reencarnarme en ella.

Me gustaría ser ella en otra vida porque es un ejemplo en todo: un modelo de vida como persona, como estudiante, como amiga, como amiga con derecho a roce y hasta como compañera de asiento en el AVE. Y porque ella es una perseguidora constante de esperanza: hablan mal de ella, la golpean, la insultan, le escupen, y ella sigue allí, persiguiendo lo que quiere, como si no hubiera pasado nada. Tiene la espalda llena de arañones y ahí sigue ella, al pie del cañón, impoluta, plantando cara a las cosas, de frente, sin miedo a nada.

No tiene miedo a nada, y sale mañana tras mañana a comerse el mundo. Y no sé cómo lo hace pero todo lo que se propone lo consigue, aunque no le salga a la primera, aunque no le salga a la segunda, nunca tira la toalla. Si en otra vida quiero reencárname en ella el motivo es precisamente ese: que yo soy un desastre que a la mínima me agobio, me encierro en mi negatividad y ya no soy capaz de pensar que voy a ser capaz de sacar las cosas adelante. Y ella es todo lo contrario: ella tiene esa puta manía de sonreír incluso cuando las cosas van a contracorriente  que me enloquece al mismo tiempo que me desespera de una forma bestial. ¿Saben por qué me desespera? Porque ella hace de su permanente sonrisa su estilo de vida. Y cuando ella tiene un mal día no agacha la cabeza. Ella sonríe, sonríe y sigue sonriendo. He pensado ya demasiadas veces que está como una puta cabra, pero supongo que ya me he acostumbrado. Muchos le dicen que no tiene motivos para hacerlo y ella sigue sonriendo hasta conseguir hacerles comerse sus palabras.


Le dicen eso porque no soportan que ella sea así. No soportan que ella tenga esa valiosísima virtud de estar siempre intentando buscar el lado bueno de las cosas (aunque a veces eso sea un ejercicio de imaginación muy grande), que nunca se siente desanimada, que cuando tiene un error no ha pasado ni una décima de segundo y ya está ella intentando arreglarlo. Porque ella es así: alegría, pura sonrisa y adrenalina. Si no fuera así, ¿ustedes creen que sería una casualidad que el color de sus ojos sea verde esperanza? Pues no.

lunes, 16 de mayo de 2016

Rubia traviesa

Somos gente que podemos vivir independientemente del resto, pero como una persona te entre por los ojos, estás perdido. Te vas a convertir en un juguete de control remoto dominado por ella. Y yo me siento totalmente subordinado por aquella rubia traviesa. Admiro de ella que debe tener agujetas en los músculos de su cara porque se pasa el día sacando a pasear su sonrisa, y así es difícil respirar de forma normal cuando estás al borde de la taquicardia.


Algo tiene que tener la rubia traviesa para que hasta los que queremos ir de duros por la vida nos sintamos seducidos y perdidos cuando ella aparece. Algo tiene que tener que todos nos preguntamos, pero que nadie es capaz de sacar la respuesta, siquiera deducirla. Últimamente me estoy dando cuenta de que cometemos un error muy grave y es que intentamos explicar racionalmente los sentimientos, cuando eso es algo que no se puede explicar: la única manera de entender esa locura que te remueve el estómago es vivirla. Y háganme caso: ustedes nunca van a entender lo que siento cuando ella entra, cuando ella expone sus motivos sobre su descontento con el artículo 32.2 de la Ley de Propiedad Intelectual o ella se baja despidiéndose del autobús.

Debe ser que ella no es una más. Que ella debe ser algo parecido a una de esas que salen en las películas o una de esas modelos de Victoria’s Secret. O que cuando sus ojos oscuros miran al sol y sus ojos brillan cualquier cosa en el mundo está a punto de suceder: un terremoto, una tormenta de arena, o hasta el castillo de naipes más antiguo del mundo podría estar a punto de caerse con tal de admirarla aunque sea una milésima de segundo. O que ella es la reina de la noche, y su reinado es algo que no cuestiona nadie, porque todo quien lo cuestione sabe que no tendría razón, que quedaría retratado, porque ella sencillamente es espectacular, única para este mundo donde dominan las personas que intentan parecerse unas a otras, y ella domina porque sabe que como ella no ha habido, no hay, y no habrá nadie.


Y repito: como caigas un instante con ella: en el ascensor, en el autobús o cruzándote con ella por la calle, no va a haber quien te salve ni te consiga sacar de ahí. Y aquel instante es el que va a estar acompañándote el resto de tus días, es el que va arrebatar tus horas de sueño y es el único nombre propio en el que vas a pensar qué o quién significa para ti la felicidad. Y repito: no intentes explicar qué es lo que tiene ella porque simplemente es imposible, una utopía. Y repito: la única manera de llegar a entender esta travesura es vivirla y sentirla.

viernes, 6 de mayo de 2016

Aerofilia y aerofobia.

“¿Saben? Mi vida era perfecta. Y gran parte de la palabra perfecta se la podría atribuir a ella: no les voy a hablar de medias naranjas ni de Romeos y Julietas, solamente voy a hablarles de gotas de agua: es imposible que dos gotas de agua sean iguales. Como lo imposible es algo por definición posible, apostaría todo el dinero que tengo y que posiblemente nunca tendré en que somos iguales.

Tan similares que tardamos meses en enterarnos que éramos un complemento perfecto para la otra persona: y si algo puedo decir es que antes de ella perdía el tiempo en cualquier tontería, dejando la vida pasar, y desde que apareció ella me di cuenta que cada segundo de nuestra vida es importante. Aquella importancia hacía que quisiera vivir un ritmo alocado con ella, sin un segundo que perder. Día a día, minuto a minuto, suspiro a suspiro me daba cuenta que ella lo tenía todo: una belleza descomunal, un ingenio innato, y una forma de hacerme enloquecer que nadie había conseguido hacer antes: como si sacase de mi camisa un león hambriento por comerse su piel cada vez que la desabrochase.

“Pero”. Putos “peros”. Casi siempre suele haber uno, y casi siempre quieren significar algo malo. Por mucho que nos amábamos como locos sin cabeza, cada uno tenía una forma de pensar. Ella quería viajar, conocer el mundo, ir a ver sitios donde a lo mejor la gente conduce por la izquierda, o lugares donde la gente calla más que habla. Y yo, pues no quería volar tanto, o por lo menos no quería volar tan alto. El cuento de hadas de ella imaginaba un final feliz fuera de casa, y yo lo veía de casa. Y yo hablándoles estos dos párrafos y medio de sentimientos cuando no podíamos ser felices por nuestra forma de pensar: qué macabro, ¿no?


Mi vida era tan perfecta que ahora les he cogido asco a los aviones, a los programas esos de la televisión en los que sale gente de aquí por todas partes del mundo, a las agencias de viaje… Mi vida era perfecta, aquí con ella. Y mi vida aquí sin ella no llega casi ni al final del primer acto. ¿Saben qué será lo peor? Que nos amamos. Y que ella estará en cualquier lugar del globo y sé que nos seguiremos amando. Y que cuando vuelva al país aunque sea de manera efímera y nos crucemos por la calle no tendré la valentía para mirarla a la cara, y sé que ella tampoco será capaz. Porque culpa tuvimos, tenemos y tendremos los dos. Así es la vida, ella tan aerofilia y yo tan aerofobia” 

jueves, 21 de abril de 2016

Nunca dejes de creer

Dice mi profesor de psicología que usamos el deporte como modo de abstracción. Mientras vemos un partido de fútbol o de baloncesto no pensamos en política, no pensamos en nuestros dilemas personales o en qué vamos a hacer al día siguiente. Igualmente, el deporte es algo tan importante para nosotros porque simboliza un gran sentimiento con el que nosotros sentimos empatía.

Cada vez estoy más convencido que el equipo que mejor representa esa empatía es el Atlético de Madrid. El club colchonero desde antes de la llegada de su actual entrenador era un equipo de capa caída, instalado en la zona media a veces alta, y a veces baja, pero que su actual éxito tiene nombres y apellidos: Diego Pablo Simeone. El argentino ha conseguido gracias a la filosofía del Carpe Diem o del Partido a Partido instalar a sus jugadores en la élite del fútbol mundial, quizás sin tanto dinero (y jugadores que te hagan jugar a un juego de ataque) como los equipos de esta aristocracia pero sí con ambición, humildad y con espíritu de ganador.

Una diferencia importante de la que nadie se da cuenta es que los baches de Real Madrid y Barcelona es porque cuando juegan, atacan once y defienden ocho, porque ni Messi, ni Suárez ni Neymar defienden en Can Barça y ni Bale, ni Benzema, ni Cristiano Ronaldo defienden en el Bernabéu. Simeone ha hecho de su equipo una auténtica piña, donde nadie es indiscutible, donde todos corren por igual, y donde nadie es más importante que nadie. Simeone igualmente ha conseguido llevar a la hinchada de su equipo desde un pesimismo absoluto (aquella mítica frase de “¿por qué somos del Atleti?”), a malacostumbrarla a ganar o por lo menos a pelearles de tú a tú a los que antes casi les rendían pleitesía.

El caso más significativo del Efecto Simeone puede ser Fernando Torres: cuando ‘El niño’ se retire, seremos muchos los que no nos acordemos que cuando volvió al Calderón, estaba cedido y dedicado ya a la mala vida en Milán. Torres volvió al Calderón y recuperó la ilusión hasta el punto de estar ahora en uno de los mejores momentos de su carrera.

Por eso, el Atleti tiene algo que te hace decir: “joder, qué h… tienen estos del Atleti”, te hace ir con el Atleti en un partido donde no juega tu equipo. El Atleti ha conseguido que su afición vuelva a rugir, acabar con los más de quince años que llevaban sin ganar al Madrid y que ahora sean los merengues los que sientan complejo de inferioridad cada vez que pisan el terreno de los indios. Ha conseguido que sus partidos con Barcelona y Real Madrid sean tan importantes como los Barça – Madrid.


Como el fútbol es un deporte irracional, que a veces te compensa y a veces no, si bien el Atlético de Madrid consiguió el utópico hito de ganar una Liga, al Atlético de Madrid le debe una Copa de Europa: quizás más por lo que pasó en 2014 que por lo que pasó contra el Bayern de Munich. Ese gol de Ramos en el 93’ dolió a mucha gente no seguidora de los rojiblancos, pero esa humildad de la que hablaba la demostró Simeone, cuando ya siendo perdedores y hasta goleados, pedía a sus jugadores que no bajasen la cabeza, porque no tenían nada de lo que avergonzarse. Lo habían dado todos. Y tengo la sensación de que el fútbol este año, no sé si con la Liga o con la Liga de Campeones, le va a devolver la fortuna que le quitó hace dos años. Porque “si se cree, y si se trabaja, se puede”. Y “nunca dejes de creer”. 

lunes, 18 de abril de 2016

Ego.

No soy simpático. Y para qué engañarnos, sabiendo que hay más gente preparada para fustigarte con el látigo que para darte un abrazo, tampoco quiero serlo. No me llevo tan bien como quisiera con mucha gente por mi culpa, pero ¿qué se le va a hacer? Yo prefiero otras cosas a ser simpático como ser sincero, o intentar ayudar en lo que pueda cada vez que alguien me lo pida. Pero no se preocupe. Si le sirve de consuelo, yo tampoco me llevo bien conmigo mismo. Me veo tan lleno de defectos y tan vacío de virtudes que es normal que la convivencia conmigo mismo sea casi imposible. Somos peores que un matrimonio a una semana de sus bodas de plata.

Para colmo, no soy ni la persona más alegre ni el más gracioso del mundo. Quizás esa sea la explicación de por qué mucha gente no me soporta. ¿Qué se le va a hacer? Me gusta hacer las cosas buenas a hacerlas bonitas. Primero el trabajo y después la diversión que diría el otro. Tendré ese enésimo defecto que pocas personas más tenemos. Y encima mi forma de ver el mundo de forma divertida es mediante la sátira, mediante la ironía y mediante el humor negro y verde, recursos controvertidos en sí donde los haya.  Por decirlo de alguna forma más vulgar: me lo paso bien tocando las narices. Alguno podrá pensar con argumentos que quizás sea un cabrón. Posiblemente. Pero jamás hago un comentario crítico que pueda molestar a alguien, lo hago siempre con la idea de que reflexione, se replantee las cosas. Soy de esas personas con mentalidad antigua que siente respeto y admiración por personas contrarias a mí en formas de pensar, de esas personas que prefiere mil cosas antes que ir a una discoteca a beber como un loco, de esas personas que prefiere La que se avecina a Aquí no hay quien viva o la Pepsi a la Coca-Cola.

La relación conmigo mismo es tan complicada que nunca soy capaz de crear una estabilidad en mi estado de ánimo. Soy una confusión permanente que vive siempre lamentándose porque “nada me sale bien”. Nunca sé ni yo mismo por donde puedo salir. Soy tan irracional que cualquier día me puedo levantar y ver las cosas de forma más racional que el más ilustrado de la filosofía del siglo XVIII. Y quizás el día que me acueste siendo racional, a la mañana siguiente me levante siendo más irracional que Romeo Montesco.


Cada vez que me siento en la sensación de “no estoy en mi mejor momento”, y cada vez que se huele la sangre y viene alguien dispuesto a darme su ración de golpe letal y acabar conmigo, dentro de mí nace como una rabia, como una ira, un orgullo que me hace renacer, que me hace volver a ser yo de una forma más fuerte que nunca. 

lunes, 11 de abril de 2016

¿Y si...?

Por fortuna o por desgracia, así eres tú, así soy yo, y en general, así somos todos nosotros. Nos tiramos mucho tiempo de nuestra vida pensando en condicional, pensando en los famosos “¿y si?”: “¿y si llego a tiempo?” “¿y si le pasa algo?” “¿y si Madrid organiza unos JJ.OO?” Pensamos así porque creo que el mejor defecto que podemos tener las personas es la inseguridad. ¿Hay algo que nos haga más imperfectamente perfectos que dudar de algo?

Nos tiramos toda la vida pensando en el condicional, ya sea el primero, el segundo o el tercero, en que va a pasar algo, y lo único que pasa es la vida. Cuando por fin despejamos las dudas del “¿y si?” nos damos cuenta incrédulos y con las manos en la cabeza de que ya estamos pensando en el pasado de ese condicional: “¿y si hubiera llegado a tiempo?” “¿y si le hubiera pasado algo?” “¿y si Madrid hubiera organizado unos JJ.OO?”

Igualmente es comprensible que pensemos así: muchas veces dejamos nuestras decisiones en manos de algo tan arbitrario e imparcial como puede ser el tiempo, siendo ello más peligroso que irte al casino con los ojos vendados y tener que apostar entre rojas y negras. Y el tiempo, igual que la vida y otras tantas cosas, a veces te quita algo merecidamente, y otras veces te da algo sin que hayas hecho ningún mérito para conseguirlo.


Siendo sinceros: nunca vamos a lograr controlar el comportamiento del tiempo. A veces racional, a veces irracional, estamos hablando de algo más caprichoso y juguetón que “La chica de ayer” de Nacha Pop. Por mucho que le digamos que “ahora no podemos jugar”, nuestra cabeza va a estar eternamente dando vueltas y persiguiéndolo. 

jueves, 7 de abril de 2016

Susanita tiene un ratón.

No me gusta hablar de política. Pero a veces no puedo evitarme porque es que si los políticos meten el cebo yo entro. No me gusta primero porque me incomoda, me parece algo bastante controvertido de lo que hablar. Y luego porque no sé de política, no soy capaz de defenderme con alguien que sepa hablar del tema.

 Susana Díaz Pacheco como todos sabemos es la presidenta de la Junta de Andalucía. Y por lo leído esta semana, parece que también se ha licenciado en Filología Hispánica. A la citada no se le ocurrió otra cosa que en el II Plan de Igualdad de Género en la Educación obligar a que usemos “población andaluza” en vez de “andaluces” y “alumnos y alumnas” en vez de “alumnos”. Primero habría que decirle a la susodicha que la lengua no es algo que tenga sexo, y segundo, que ella está haciendo algo que odiamos los andaluces: que nos obliguen a cambiar nuestra forma de hablar, que nos hagan dejar de ser nosotros mismos.

El tema del feminismo y la igualdad es algo que me llega a cansar hasta parecerme realmente aburrido. Obviamente me parece patética la violencia de género. Es algo muy rastrero. Y también que haya quien no sea capaz de ver que la mujer no es ni mejor ni peor que el hombre. Generalmente en el aspecto físico somos superiores a ellas, y en el aspecto intelectual ellas son mejores que nosotros. Pero hay cosas que ya rozan lo absurdo. Esta medida de la Junta se une a otras como las del ayuntamiento de Valencia de cambiar los símbolos de los semáforos porque es algo “machista”, criticar a Alejandro Sanz por defender a una mujer que estaba siendo agredida en un concierta que sea algo “machista”, que el género neutro del lenguaje sea algo “machista” y haya que usar la “x” y la “e” para referirnos al neutro, son cosas muy exageradas.

Como decía, la propia medida nos obliga a cambiar nuestra forma de hablar y de expresarnos. ¿Qué tiene de malo o de incorrecto hablar como me han enseñado mis padres, y mis abuelos enseñaron a mis padres, y mis bisabuelos a mis abuelos… y así toda la vida? Lo peor no es que te suspendan por hablar así. Lo peor es que da la sensación de que si no hablamos como se propone, ya somos unos machistas.


Ojalá Susana Díaz, que por cierto está más pendiente de Madrid que de la región que preside, hubiera tenido la misma contundencia con los Cursos de Formación y con los ERE que está teniendo con esta medida suya. Quizás ese sea el problema de Susana: por estar a otras cosas, no es capaz de ver que es la máxima representante de una comunidad que lidera el fracaso escolar, y que cuenta con el mayor número de denuncias por violencia machista, o lo más grave: que el himno de su comunidad menciona una de las dos expresiones que quiere prohibir: “andaluces, ¡levantaros!” Ya lo dice la canción: Susanita tiene un ratón, un ratón chiquitín…