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martes, 7 de febrero de 2017

¿Final?

Me estoy pensando si acabar con el blog y crear otro. Es una idea que navega a veces por mi cabeza. Es un blog creado para una asignatura de cuarto de la ESO y lleva ya conmigo durante todo este tiempo. Es un blog que ya debo abandonar y crear otro, entrar en otra etapa, crear un blog que represente mi madurez, si es que yo tengo de eso. También me han dicho ya varias personas que el contenido muchas veces no casa con el nombre del blog.

Pero es que no me hace gracia la idea de dejarlo. ¡Lleva ya tanto tiempo conmigo que me da cosa dejarlo! Y encima con sus ciento y pico de entradas, con sus 20.000 visitas… Y porque no, no tengo tiempo. Si tuviera tiempo lo fácil sería finiquitarlo sin anestesia. Pero en mi caso es que no tengo tiempo para nada. No tendría tiempo ni imaginación para pensar en el nombre del siguiente blog, su fondo, su contenido, sus formatos para móviles y tablets, sus colores…

Y si empiezo otro blog, tampoco tengo claro de forma excesiva si quiero que sea un blog personal e íntimo como yo, o si quiero que sea un blog más bien profesional y periodístico como lo que aspiro a ser. El beso que convierta lo nuestro en eterno empezó siendo eso, un blog personal, donde mostraba todo lo que no soy capaz de mostrar en público. Pero poco a poco fue cambiando, sustituí la literatura por la opinión sin dejar nunca de lado a ésta.

Es una etapa con dudas, en las que me siento lleno porque siento que las cosas me salen bien a nivel académico, pero a nivel personal sigo sintiéndome como antaño, e incluso más confuso si cabe. Es un tiempo de deshielo, en el que me siento alguien congelado pero que con una caricia es capaz de deshelarse. Y quizás esto sea igual: si creo otro espacio donde poder soltar las gilipolleces que escribo, quizás significará que de verdad he dejado de ser hielo para convertirme en agua.

Si creo otro blog, ¿me seguirán más, me seguirán menos? Es la duda de siempre. Hay mucha gente que relaciona mi nombre con este rincón. Y hay quien acabará harto de las gilipolleces que escribo y quien no me conozca y tenga ganas de hacer lo propio, con mi blog pueda sentir esa satisfacción por cumplida.


No sé si esto es un adiós, si esto es una despedida definitiva o qué es. Pero en todo caso quiero darte las gracias por haber estado ahí por aguantar mis risas, mis llantos, mis símiles, mis metáforas, mis críticas, mis alabanzas y por haber estado tanto tiempo conmigo. Pero como Peter Pan, quizás sea el tiempo de darse cuenta de que estoy en otra etapa escribiendo.
La imagen puede contener: una persona, niño(a) y exteriorLa imagen puede contener: una persona, de pie y exterior

domingo, 29 de enero de 2017

1-1: Luis Suárez le roba la Alegría al Villamarín.

El mejor Real Betis Balompié del curso acarició la victoria en su partido disputado este domingo contra un FC Barcelona desdibujado durante gran parte del encuentro. Los locales, que se adelantaron gracias a Álex Alegría, tuvieron además dos balones al palo y un mano a mano clarísimo que Rubén Castro perdonó frente a Ter Stegen. Por su parte, los culés reclamaron dos goles fantasmas, donde uno parece que entró de forma clara, mientras el otro lo salvó a tiempo la defensa bética.

Con un Benito Villamarín casi repleto y con la gente pendiente mitad y mitad de su equipo y del tenis, Víctor Sánchez del Amo sacó en el once a los fichajes invernales, Rubén Pardo y Tosca, quienes le dieron mayor tranquilidad al equipo en posesión y salida de balón. El entrenador bético planteó un partido con una presión alta y valiente. La sensación de peligro por parte del Barça se producía cuando eran capaces de saltar la línea de presión formada por la delantera bética como así sucedió cuando Neymar se puso de cara a gol pero Adán estuvo brillantísimo. Por su parte, el Betis asimiló su idea: presionar y salir rápido cuando pudiera. Una salida rápida debida especialmente al protagonismo ofensivo de sus carrileros Piccini y Durmisi, y por la actuación estelar de Dani Ceballos, quien desde lejos puso en apuros al portero alemán. El propio Durmisi o Rubén Castro también avisaron, pero sin atinar a la portería

Tras el paso por vestuarios el partido siguió en la misma tónica, aunque el Betis poco a poco iba creciéndose por el poco peligro que sufría: Dani Ceballos metía un zapatazo impresionante que se estrelló en el travesaño. Y Castro, minutos después, enviaba al palo un tiro que tenía escritas las letras de ‘gol’ más temprano que tarde. Esa jugada que acabó en córner, propició el gol bético tras un fallo de Ter Stegen quien no blocó correctamente un balón empujado a placer por Álex Alegría. Heliópolis estallaba de alegría y disfrutaba con la exhibición de coraje y pundonor de sus jugadores.


Desde ese momento, el partido cambió: el Barça despertó, a los verdiblancos les entró el miedo a ganar y el cansancio físico les empezó a pesar. El técnico bético se equivocó con los cambios (Donk por Rubén Pardo y Nahuel Leiva por Petros), y los catalanes poco a poco iban encerrando en su área a los verdiblancos. En una de esas intentonas, Aleix Vidal puso un centro que Luis Suárez remató mordida, y que Aisa Mandi sacó cuando había rebasado claramente la línea de gol. Los azulgranas achuchaban con insistencia y el Betis había ya resistido a atacar excepto a la ocasión del goleador bético ya comentada. Cuando el minuto noventa ya merodeaba por el marcador, Nahuel recogió un balón de espaldas en su propia zona de peligro, fue presionado por dos jugadores culés, entre ellos Messi, quien le robó la cartera e hizo de las suyas para que el uruguayo Suárez empatase. De ahí hasta el final los de Luis Enrique siguieron insistiendo pero el marcador no se movió. Un empate que es agridulce para los locales, y que aleja (o no, dependiendo del resultado del Madrid) a los de Lucho de la Liga. 

lunes, 9 de enero de 2017

Le poison

No se dejen llevar por las apariencias. Aunque sus labios parezcan realmente bonitos por el rojo de su pintalabios, una vez los cruzas con los tuyos te das cuenta de que sus labios cortan mucho. Y que aunque el beso sea intenso o dulce, es un beso mucho más doloroso de lo que cualquiera de nosotros creemos.

Ese momento fugaz en el que los labios conectan es un segundo en el que dentro de tu memoria se produce un baile eléctrico de sentimientos e imágenes que poco a poco te van envenenando, te van llenando de porquería que a dos o tres imbéciles en un día de resaca se les ocurrió llamar amor, o algo así.

El veneno empieza en tus labios pero en poco tiempo han transcurrido por todo tu cuerpo. Aunque quieras detener el beso por lo cortantes que son sus labios, no solamente no eres capaz de detenerlo, sino que te acabas sintiendo dominado por ella, que ataca tu cuello (sí, ese cuello que tantas cosquillas te producen cuando te acarician) con sus pícaros mordiscos.

La profecía es tal que ella te empuja hacia la cama, te tapa con las sábanas y mientras besa el cuerpo, hace auténticas maravillas en sitios que no se pueden decir. Los gemidos se sienten tanto que los muebles vibran y los pájaros que estaban apoyados en la ventana se van huyendo asustados hacia otro balcón en busca de paz y en busca de calor.

El primer beso corto poco a poco se van convirtiendo en muchos besos largos y duraderos. Las ventanas poco a poco se van evaporando y el sudor de los cuerpos empieza a hacerse sentir en las sábanas. El primer beso fue a las cuatro de la tarde, los dos llevabais un peinado impoluto y seguía siendo de día, el enésimo es a las seis y cuarto, de repente la luna ha bajado para visitaros y estáis despeinados llenos de arañazos.

Arañazos motivados por la pasión, por las ganas de desearos, por las ganas de amaros, por las ganas de hacerlo. Arañazos de creer que a veces, solo a veces, los deseos pueden llegar a cumplirse por más utópicos que parezcan, pero también llegar a convertirlo en el mejor guión cinematográfico posible. Porque ella es la Meryl Streep a la que tú te mueres por besar, y él quizás no canta tan bien como Sinatra, pero sí hace mejor cosas con su lengua que el propio cantante.


No es un veneno que te mate, ni mucho menos, pero es un veneno peor: es un veneno que puede que te enamore. Y como lo haga, vas a estar jodido durante mucho tiempo, porque puede perdurar dentro de ti mucho tiempo, y cuando salga, lo echarás de menos tanto tiempo que te dolerá más que el primer beso. 

domingo, 18 de diciembre de 2016

2016

Siempre que llega la Navidad y nos preguntan por los deseos para el año siguiente. Por ello, al final todas las Navidades me parecen iguales: pedimos salud, amor, trabajo… Y al final nada se cumple: vienen unas personas y se van otras, ocurren cosas buenas y cosas malas. Sin embargo, dentro de mí existe la sensación de que este año puede ser mucho más determinante de lo que creemos.

2016 ha sido el año en el que la política nos volvió a decepcionar: en España, por primera vez votamos dos veces para elegir un presidente. En el Reino Unido, rompieron todos los esquemas decidiendo salir de la Unión Europea. Y si a eso le añadimos ese intento de golpe de estado en Turquía y que en Colombia rechazaron la paz para seguir con los enfrentamientos, y la elección de un personaje más que controvertido llamado Donald Trump… Tan controvertido como el premio Nobel de Literatura a Bob Dylan. Y el vacile que éste le pegó a los suecos al no ir a recoger el premio, pero añadiendo dos conciertos en este país.

El año que dejamos ha sido el año en el que lloramos demasiadas muertes conocidas: Barberá, Castro, Bowie, Prince, Alí, Leonard Cohen y un largo etcétera, mientras que marcamos un nuevo (y triste) récord en cuanto a inmigrantes y refugiados fallecidos. El año en el que el terror fue tan protagonista que en algunos sitios tuvieron que enterrar a gente en las calles puesto que los cementerios ya estaban repletos de inocentes fallecidos.

Deportivamente fue el año en el que el Atleti se volvió a quedar rozando la Copa de Europa, viviendo otra vez la misma pesadilla: gol de Ramos. El año en el que el Sevilla lo volvió a hacer, completó su década inolvidable. Y el año en el que decidió que cinco ya son muchas, ¿por qué no una Champions? El año en el que el “No hay palabras, solo hechos” tardó tres meses en venirse abajo, el año de la tercera o cuarta juventud de Rubén Castro y de la segunda de Joaquín. Las decisiones controvertidas también llegaron al deporte: si no, que se lo pregunten a ese equipo de baloncesto que toda la vida fue verde y rojo, y ahora es verde y blanco en su uniforme, pero sigue manteniendo su corazón de toda la vida. El año en el que España volvió a casa con la cabeza bajada en la Eurocopa, pero también los doce meses en los que los Olímpicos volvieron a hacernos sentirnos orgullosos de ellos.

También fue el año de las tragedias: el yihadismo nos metió más miedo que nunca, el Chapecoense se dejó la vida y los sueños en el aire. En verano Diana Quer desapareció causando la preocupación mayúscula de su entorno y también en verano cinco subnormales (sevillanos como yo y con un abogado más que repugnante) violaron a una pobre chica que no tuvo la culpa de nada. Cosas así hay muchas que ocurren casi diariamente, pero he citado algunas de las que más me llamaron la atención.


Personalmente, fue el año más especial. El año en el que me reencontré con el pasado, el año en el que conseguí romper barreras en forma de kilómetros, pero los kilómetros fueron demasiado para nosotros. El año en el que algunas cosas salieron a la primera intentona, otras a la segunda, y veremos si a la tercera. El año en el que no tuve miedo para elegir el tres entre éste y el cuatro. El año en que me di cuenta de lo bonita que es Galicia, pero también lo bonita que puede ser la vida en cualquier parte del mundo con esa persona que te tiene conquistado el corazón. El año en el que entrevisté a Néstor Barea, a Rafa Castaño, a la ONCE aunque no fuese algo sencillo. El año en el que me di cuenta por qué siento tanta pereza por las cenas de empresa. El año en el que abrí los ojos y vi, aprendí y sentí cosas totalmente nuevas para mí.   

lunes, 12 de diciembre de 2016

Aciertos y errores

La semana pasada un día hablando con mi padre, éste me asombró con una frase: “tú tienes algo, y es que normalmente no sueles hacer muchas cosas mal”. El enunciado, pasado varios días, sigue coleando dentro de mi cabeza.

Partiendo de la base de que como dijo un famoso filósofo del siglo XXI llamado Mariano, “somos seres humanos y tenemos sentimientos”. Como ser humano, haré cosas a veces decentes y otras veces tendré fallos. El caso es que, según mi opinión, y no hay nadie que me conozca mejor que yo mismo, mis actos positivos escasean y los negativos son actos en abundancia: por culpa de lo que todos sabemos soy muy nervioso, derramo y rompo muchos vasos, no tengo la caligrafía bonita y tengo una forma de ser cerrada. En definitiva, que mis actos malos además de ser más numerosos, en una balanza pesan más que las acciones positivas.

Más: entre mis acciones buenas, ni yo mismo sabría reconocerlas, ya que no considero que sea especialmente bueno en nada: como persona no tengo nada que sea considerado como especial, como estudiante soy más bien mediocre tirando a malo, aquello que escribo siempre lo considerado sobrevalorado por la reacción de la gente. Mis únicos puntos buenos nacen a partir de algo malo: cabezonería. Es decir, me gusta hacer las cosas bien. Ya saben, aquello de “para hacerlo mal es mejor no hacerlo”. Y sí, siempre soy muy perfeccionista. La mayor parte de las veces que tengo una buena nota considero que podría haber tenido más.

Por ello, me siento en un momento bastante agobiante y malo a nivel individual, esperando con ansía a que acabe el año bajo la esperanza de que el siguiente sea mejor. Porque sí, este ha sido bonito y especial, pero está acabando siendo una tortura. A eso hay que añadirle que el entorno en muchos casos no ayuda para nada, más bien al contrario: personas que se “desconectan” literalmente de los trabajos en grupo hasta el fin de semana antes de hacerlo, y cuando aparecen, hay más palabras que actos, personas que van y vienen de tu vida con su egoísmo particular de revolucionarlo todo…


Aunque en fin, supongo que como dicen, siempre que llueve, escampa.

viernes, 25 de noviembre de 2016

.-.

Pocas veces me he sentido especial en el buen sentido de la palabra. 
Y muchas, innumerables veces me he sentido así, especial, en el mal sentido de la palabra. Todas las pocas veces que me he sentido así, las circunstancias han estado directamente relacionadas a ti.

Me encanta reír. Reírme de todo, y reírme de mí. Que me den ataques de risa hasta casi atragantarme. Que la barriga me duela por reírme. Y desde hace meses estoy apagado: los ojos tristes, el alma y la risa están apagados.

Teníamos la virtud de reírnos. Que yo te hacía reír hasta imaginarme con una nariz de payaso. Y tú me hacías reír, viéndonos por Skype, oyéndonos por teléfono, o simplemente mirando el móvil mientras íbamos a clase.

Tantas cosas… Y tanto tiempo. Tiempo en el que ha pasado de todo, y en el que ha pasado de nada: cosas buenas y cosas malas. Risas, alguna lágrima que otra, cabreos serios, cabreos estúpidos, momentos para desahogarse y momentos para evadirse.


Nadie debe deber su estabilidad a otra persona. Nadie. Pero hay personas que se sienten románticas como el movimiento literario, y yo soy una de ellas: extremistas, con un umbral para la sensibilidad altísimo, que gracias a ti era capaz de disfrutar de la vida y de las cosas. Y ahora que no estás, me cuesta mucho seguir adelante, disfrutar de las cosas. He intentado y estoy intentando olvidarte de todas formas, pero es que no hay forma. Me siento totalmente atraído por ti. 

miércoles, 16 de noviembre de 2016

El niño que nunca se calzó las botas


(Autor: Luis Olvidar)

Adrián era un niño especial. Siempre lo fue, desde que nació prácticamente. Al mes de su madre estar embarazada de él sufrió un amago de aborto. Se conoce que él ya era diferente desde que merodeaba en la barriga de aquella mujer. Después, a la hora del parto se puso de espaldas y se posicionó de culo para venir al mundo, lo cual llegó a provocar que hasta el ginecólogo que llevaba a su madre llegara a pensar y decir en voz alta que venía una niña. De hecho, el día del nacimiento, al entrar la madre en el hospital y reconocerla dijo:

-Es una niña porque le he tocado la vulva.

¡Y a fe que lo dijo delante de la madre y la enfermera! Por eso, cuando él nació, pasadas las cuatro y media de la tarde y salió del paritorio el padre se quedó cortado al preguntarle a la enfermera que empujaba la camilla con la parturienta y el recién nacido:

-¿Como están las dos?

-Serán la madre y el niño-contestó una asombrada enfermera.

-¿Pero es un niño?-preguntó un no menos asombrado padre-¡Pero si el ginecólogo ha dicho que era una niña!

-Pues es un niño. Va a tener que cambiar el nombre que tenían previsto-respondió la sonriente mujer.
Y Adrián, como todos los bebés, fue creciendo y cumplió un añito. Pero ya daba muestras de que algo fallaba. Sus padres no eran capaces de acertar en qué, pero eran conscientes de ello. Sus hermanos también. El padre en el verano que sucedió a su segundo cumpleaños notó que aquel niño no se movía demasiado. En la piscina lo dejabas en su carrito y no se movía. Estaba despierto, pero apenas se movía de su carrito de bebé.

Fue entonces cuando comenzó el calvario de médicos de Adrián. El pediatra le mandó hacer pruebas de todo tipo, sin que ninguna de ellas diera ningún resultado extraño. Así que finalmente lo mandó al neurólogo. El neurólogo comprobó que las pruebas no aportaban apenas datos pero si descubrió que Adrián, aunque era normal, tenía una especie de cicatriz en el cerebro que le  provocaba ciertos desequilibrios de movilidad y algún problema en el habla, por lo que recomendó llevarlo a una logopeda. Y así se hizo, durante un tiempo sus padres lo llevaron a una logopeda con la cual corrigió sus problemas de habla.

Mientras aquel niño seguía creciendo y ya tenía cuatro años. Era un niño hermoso, lozano, algo regordete y, decían, un calco de su madre. En sí era la alegría de la casa, por su carácter tranquilo, por sus tremendas dotes de observación, que le hacían ver cosas que nadie era capaz de ver.

-Mira-decía con su vocecita de mocoso-El Calzado Andaluz-y nadie lo veía, mientras su padre o su madre conducían el coche.

-¿Dónde?-preguntaban todos al unísono, tras desgastarse la vista buscando algún signo que lo identificara.

-Allí, en aquel cartel-contestaba el pequeño señalando un cartel alejado de la carretera.
Y efectivamente, un pequeño círculo con un zapato en su interior lo mostraba en la parte inferior del citado cartel. Al final todos acababan riendo por su vista que le hacía ver cosas que los demás no llegaban a observar.

Como a muchos niños a Adrián le apasionaba el fútbol. Le gustaba jugar en el colegio con sus compañeros de clase y además: ¡era zurdo jugando! Por lo general en todos los deportes los zuros suelen escasear, así que el fútbol no es la excepción.

En vista de que le gustaba jugar, de que era bueno para su sicomotricidad, que también era importante realizar actividades extraescolares que le mantuvieran en contacto con la calle pero sin estar todo el día en ella, sus padres decidieron apuntarlo con ocho años a una escuela de fútbol, aprovechando que conocían a un antiguo jugador de un equipo de su ciudad.

Fue así como Adrián comenzó a jugar al fútbol y a aprender que la vida es dura y tormentosa. Su entrenador era un hombre ya entrado en años de carácter afable, pero tremendamente gruñón y en los partidos protestón al máximo con los árbitros, aunque hay que reconocerle que dentro del respeto. Los niños lo querían, aún a pesar de las broncas y los gritos que les metía durante los entrenamientos, pero al acabarlos era capaz de sonreírles y tratarlos como si fueran sus nietos a todos. Adrián, como era de esperar, no jugaba demasiado debido a su eterno problema de movilidad. No tenía rapidez, lo cual era un hándicap pues le impedía correr mucho y tener velocidad, algo fundamental en el deporte. Por otra parte lo hacía jugar a pierna cambiada, que provocaba el no poder controlar bien la pelota.

La cosa fue a peor en el segundo año, ya que todos subieron de categoría menos él, que seguía yendo con la categoría que había jugado la temporada anterior. Eso provocaba un problema, ya que tenía mucho cuerpo y más de una vez se notaba que no jugaba en la categoría que debería de estar, con lo cual tampoco jugaba.

Al tercer año su padre decidió cambiarlo de escuela, ya que en la que estaba inscrito se hallaba bastante lejos de su hogar y era complicado llevarlo a entrenar al tiempo que tenía que llevar a sus dos hermanos a las actividades que ellos también tenían que realizar al salir de la escuela. Por otra parte en la nueva escuela si le incluyeron en la categoría que le correspondía. Tampoco es que le dieran demasiadas oportunidades, pero él nunca se quejaba.

Sin embargo aquel verano tomó una decisión, Adrián, trascendental para su vida: decidió que no seguiría jugando al fútbol. Era, con su edad, consciente de que nunca podría tener el nivel suficiente, ni siquiera el de sus compañeros, para poder darles patadas al balón. Así que era mejor dejarlo allí y seguir jugando en el patio del colegio con sus compañeros. Además, allí se divertía más y nadie le iba a meter una bronca.

Pero sus problemas no habían llegado a su fin. Nuevas pruebas médicas detectaron que tenía una importante desviación de columna y que era preciso de que hiciera ejercicio para poder corregirla. El médico aconsejó que hiciera natación. Así que dicho y hecho. Comenzó a practicar natación. ¡Y consiguió nadar bien! Fueron dos o tres nuevos años de actividad febril para no tener que pasar por un quirófano que le amenazaba por su columna vertebral.

Adrián había llegado a su adolescencia. La vida se había tragado el pasado como un huracán hambriento de todo lo que se pone en su camino. Años y años de peripecias que no habían sido positivas para él. Enseñanzas que le provocaban una retahíla de complejos difícilmente resolubles para él. Por suerte tenía amigos, buenos amigos, que no le dejaban.

Su amigo Héctor también jugaba al fútbol. Un día le pidió que le acompañara a un entrenamiento. Era verano, finales de agosto. La hora ya tardía para evitar los calores que trascienden a este mes, o al menos tratar de minorarlos lo más posible. Así que fue con él a verlo entrenar.

Las luces del campo relumbraban dando perfecta visibilidad a los jugadores. Todos iban enfundados de sus uniformes de entrenamiento. Héctor, en contra de la mayoría de sus compañeros, calzaba unos deportivos en lugar de las típicas botas de tacos. Fue al final del entrenamiento, cuando iban a jugar un partidillo, que Adrián le vio acercarse a su entrenador y hablar con él. Desde su posición no escuchaba lo que estaban hablando. Cuando terminó de hablar con él, vio que salió corriendo para la caseta del vestuario y al momento volvió con las botas de jugar y se dirigió hacia él. El corazón de Adrián comenzó a latir con fuerza, Héctor se dirigía hacia él con unas botas de fútbol, ¡aquellas que él nunca había podido tener! Cuando llegó ante él se las alargó y le dijo:

-Anda, póntelas, que le he pedido el favor al entrenador que te deje jugar el partidillo de entrenamiento.-comentó-Como aún hay gente de vacaciones faltan jugadores y como sé que a ti te gusta jugar nos podrás ayudar ahora. Como tú y yo más o menos tenemos el mismo pie no creo que te vengan pequeños ni demasiado grandes.

Adrián se quedó petrificado. No sabía que decir. Así que poco a poco se fue desabrochando sus deportivos y se puso los que su amigo le estaba prestando. Pero sobre todo sonreía. En aquel momento Adrián era el adolescente más feliz del mundo entero.

Una vez se calzó las botas se incorporó a la rueda que formaban los jugadores alrededor de su entrenador. Héctor hizo rápidamente las presentaciones y todos le sonrieron con amabilidad. Sonrisas a las cuales correspondió él con su cara de máxima felicidad.  El entrenador repartió rápidamente las instrucciones a Adrián le hizo que se quedara un momento más con él para unas instrucciones adicionales. Después hizo dos equipos de igual número de jugadores y a uno de ellos, el de Adrián, les repartió unos petos para diferenciarlos de los otros.

Cuando acabó el entrenamiento todos lo felicitaron por su trabajo. El entrenador se lo llevó aparte y le dijo.

-Es una pena que tengas esos problemas de sicomotricidad, Adrián, porque si no podrías haber llegado muy lejos. Tienes cualidades muy buenas para jugar, pero es una lástima que no puedas correr más deprisa.

Y a continuación ambos se fundieron en un gran abrazo. Le pidió que siguiera yendo de vez en cuando a los entrenamientos. Que podía ser su ayudante, que necesitaba a alguien que le echara una mano y que le gustaría que fuese él. Adrián se comprometió a pensarlo, a hablarlo con sus padres y a contestarle. Lo que no podía saber el entrenador que estar ligado al mundo del deporte era el gran sueño de aquel jovenzuelo,  y que si sus padres se lo permitían podría comenzar a hacer realidad sus deseos. 

sábado, 5 de noviembre de 2016

Exnganchados

Es complicada la vida después de dejarlo con una persona si con ella se ha creado un vínculo. Las relaciones son así: llegan a tu vida, revolucionan las cosas y poco a poco se crea entre los dos una conexión que nadie es capaz de entender: esas sonrisas estúpidas que soltamos cuando hablamos por móvil y dicen algo que nos hace reír, esa infinidad de locuras que hacemos con tal de sorprender a otra persona y mantener, avivar y aumentar la magia… Pero esto es así: gracias a esa persona te tiras viendo el sol y teniendo calor y de repente las hojas de los árboles se caen, llega el frío y te resfrías.

Complicada porque nos acostumbramos a la revolución que se ha creado, y casi no sabemos vivir cuando esa magia revolucionaria se pierde. Sabemos que la vida sigue y continua, pero es algo tan costoso que al principio no hacemos más que mirar de reojo al pasado, buscando explicaciones a lo que ha pasado y pensando qué habrían pasado si las circunstancias fueran otras.

Reconozco que en mi caso yo no soy una persona fácil, más bien compleja. Soy muy introvertido y me cuesta mucho hablar de todo aquello que siento en mi interior, a veces por ese carácter mío y a veces porque no me entiendo ni yo. Por ello, es muy complicado rozando lo semi-imposible que yo llegue a tener esa conexión que decía en el anterior párrafo con alguien. Por esa forma de ser introvertida mía y porque no llego a sentir interés de verdad por el carácter de nadie. Por ello, cuando esa conexión se da, es algo que se puede llegar a convertir en algo de mayor resistencia que el diamante. 

Puede que tenga razón y que la tenga muy idealizada: pero lo digo de verdad, nunca he conocido a una persona tan buena como ella, tan generosa, tan valiente, tan preocupada por los suyos… Puede que fuera yo quien no la mereciera, o viceversa como dice ella. Y de verdad, ella es un auténtico tesoro. Ojalá hubiera en el mundo más gente con ella en vez de tanto egocéntrico con mucha falta de humildad que quiere imponer sus ideas sin escuchar al resto. 

Yo intento mirar hacia delante, y ella también: pero a la hora de la verdad, ninguno de los dos somos capaces de dar el paso de pasar página y no volver a mirar hacia detrás hasta que haya pasado un largo periodo de tiempo, aunque los dos realmente si nos quitásemos la venda de la inseguridad de los ojos, nos daríamos cuenta que estamos mucho más cerca de conseguirlo de lo que creemos.

viernes, 28 de octubre de 2016

'Pocas luces' hay en todas lados.

Reconozco andar un poco preocupado: ya no sé si es que hablo un idioma distinto respecto a mi generación y a mi país o soy yo que ya me estoy haciendo mayor.


La cosa empezó con la que se lió en la UAM y con Felipe González. ¿Es libertad de expresión manifestarse contra una persona? Sí. Eso nadie lo duda. Lo que ya me parecía no tener tanto sentido es ver a jóvenes ir a manifestarse con el rostro tapado por caretas (la mayoría de papel). Llevo días buscando una explicación para entender por qué querían taparse el rostro, pero sinceramente no la he encontrado. No la he encontrado y más de una vez he pensado en que yo solamente me pondría una careta si es para ir al banco en el que trabajaba mi padre por ejemplo o ir a agredir a una estudiante de la residencia donde trabaja mi madre.

Siguió mi poco entendimiento con el mundo el sábado con lo sucedido en Mestalla y el posterior pollo post-deportivo formado. Vayamos por partes: La violencia no tiene justificación jamás, sea cual sea la incitación, cosa que más de uno o no ha entendido, o ha vuelto a dejar de entender. El caso es que el Barça metió el 1 – 2 definitivo en el 93’ y tras hora y media aguantando insultos del público sumadas a las entradas chés, se fueron a celebrarlo y en pleno estado de euforia se encararon con el grupo radical valencianista y la respuesta de un burro, porque no tiene otro nombre, fue tirar una botella a Neymar. Dicha botella dio en Neymar, no hay más. Patética la simulación de algunos pero más patética e injustificable fue la actitud del burro, o burrito pues es incluso menor de edad y justificó su agresión a la euforia culé del momento. A todos los que justifican esto como provocación les pregunto: Cada vez que insultan a un árbitro, ¿está éste en su derecho a tirarles una botella? 




La mayor insensatez llegó desde el Comité de Apelación quien primero no sancionó el lanzamiento de una bolsa de pipas a Paco Alcácer (tratado como un enemigo por tener el deseo de ser ambicioso y querer luchar por más, no ser solamente un clase media) después sancionó al cafre de Mestalla con un “paquete” (y casi regalo) de 3.000 euros, reducido a la mitad por “haber encontrado al autor”. Permítanme la licencia de asegurarles que en vez de ser en Mestalla llega a ser en la capital de Andalucía y la gente que se va los fines de semana a hacer el amor al Estadio Olímpico necesitaría otro picadero pues volvería a acoger un evento deportivo tres milenios después. Y siendo como en el caso de Mestalla algo reincidente, (hace un par de años ocurrió con Messi, al que sacaron amarilla por perder tiempo...telita) ni les digo.


Podría hablar del derribo de la estatua de Franco en Barcelona, podría hablar de ese deseo de muerte de aquella señora antitaurina contra el chaval enfermo que no hizo más que ir a un evento cuyo fin era recaudar fondos para la recuperación del crío, pero ya tan lejos prefiero no meterme, no vaya a ser que el lunes aparezca uno con una careta de papel y tirándome una botella en la cara. 

miércoles, 19 de octubre de 2016

Pinceladas

Escribir a veces puede llegar a ser bastante complicado. En este momento me siento con muchas cosas que decir y que contar. Pero no me sale, y cuando me sale no me gusta. Volver a empezar hasta hartarte de sentirte tan impotente. Tampoco me ayudo para nada ahora mismo. Internamente sufro un cortocircuito y una disputa entre el corazón y la cabeza: el alma me dice muchas cosas de forma irracional, y la cabeza me dice cosas totalmente opuestas, que además rechazan los sentimientos y apuestan por la racionalidad.

Resultado de imagen de neutralidadSiento bastante hastío con todo. Porque siempre es igual, la misma historia, la misma basura. Con todas las cosas que surgen estamos intentando hacer una guerra civil basada en el “estás conmigo o estás contra mí”. ¿Qué pasa con los que somos neutrales en muchas cosas? Les da igual. Lo que les interesa es que les apoyes. Y si no les apoyas te conviertes en un enemigo suyo. Y yo como ser humano detesto que me digan cómo tengo que pensar o qué me tiene que gustar. Si me da igual el doce de octubre ni soy un facha, ni soy un extremista al que le está saliendo coleta, soy una persona a la que tal día le da lo mismo, es uno más como otro cualquiera.

Hartazgo noto también incluso a la hora de dar mi opinión. Siempre he pensado que a mí no me lee nadie y así seguiré pensando. Me gusta escribir y tirarme a la piscina, y me da igual si tiene agua o no. Pero cuando leo la reacción de la gente ya me empieza a ser cansino que a la gente a la que no le gusta lo que hago, digo o escribo usen cualquier cosa para demostrarme su disconformidad. Tolero la disconformidad y la crítica constructiva, lo que ya me cansa es que se llegue a la falta de respeto, y que incluso los no conformes con mi opinión la lleguen a usar de forma “justificada”. Es alucinante que en el año en el que estemos sigamos justificando cosas tan patéticas como el insulto como respuesta a algo que no va con tu modo de ser.


Reconozco también vivir ahora mismo una situación personal complicada. Vivo en un círculo vicioso del que no termino de salir, y del que cuando salgo cada dos por tres estoy volviendo a la misma página aunque sea por saber cómo le va. Y cuando sé que si le va bien por un lado estaré feliz. Pero por otro me joderá más que nunca. Lo pienso una y otra vez. ¡Qué felices habríamos sido si los kilómetros en vez de ser eso, kilómetros, fuera la cantidad de caricias que nos habríamos dado todo este tiempo. Pero no. El pasado, pasado es. Pero claro: llevo con la misma cantinela desde que acabó el verano y ya ha llegado el frío y yo sigo igual de perdido.

lunes, 10 de octubre de 2016

Un poco de todo

La semana pasada, para justificarme algo que no tenía sentido por ninguna parte, una persona usó la siguiente frase para referirse a mi queja por el sin-sentido producido: “Ya, pero esto es así, ¿qué le vamos a hacer?” cuando evidentemente, se podría, se puede y se podrá hacer mucho más.

Esa frase tan sonante a resignación me recordó a las declaraciones del corrupto Carlos Fabra hace unas semanas cuando en mitad del ciclón PSOE que acabó con la carrera de Pedro Sánchez aseguró que “él no veía ni ‘la cuatro’, ni ‘la sexta’” y que sin embargo él era muy feliz de la vida. Joder, como para no serlo cuando te has hartado de robar. Y quien no lo comprenda, está claro que “no han entendido nada”.

Como dicen los padres, hay que comer de todo, te guste o no. Y a mí lo mismo me pasa con muchas cosas en la vida. Me gusta leer opiniones distintas a las mías, me gusta leer/escuchar/ver medios de comunicación de todo tipo de ideologías porque teniendo un poco de todo es donde vamos a ser capaces de tener una opinión fuerte y mediada. Y porque para escribir de algo que no te agrada es necesario verlo/leerlo/oírlo, no vale la pena quejarte sin saber de qué te estás quejando.
Volviendo a la primera frase, supongo que esa persona no querrá que hagamos nada contra temas como la propia corrupción, los desahucios o la violencia de género, ¿no? Porque claro, para qué vamos a hacer nada si “esto es así”, si el tener todavía más de tres millones y medio de parado es por la gracia de Dios, si que existan personajes en la política como Donald Trump es por culpa de la naturaleza o que los refugiados estén viviendo un calvario ya es directamente culpa de ellos por haber nacido allí.


Reconozco que tengo la misma facilidad para creer en imposibles que para dejar de crear en ellos. Pero sí creo con mucha fuerza en que no hay nada más potente que la voz del pueblo. Y personalmente yo, mientras pueda hacer algo por cambiar las cosas y por acabar con las injusticias que día a día se producen, todos vemos y callamos porque al final más de uno acaba creyéndose que eso lo ha producido el destino, yo estoy dispuesto a hacerlo. Quien quiera hacerlo conmigo que lo haga, pero que nadie luego diga: “pero esto es así, ¿qué le vamos a hacer?” cuando el perjudicado sea él o ella. 

miércoles, 21 de septiembre de 2016

El Sevilla se impone en mitad de la indignación verdiblanca

Era un partido de empate (y para mí 0-0) obvio, claro. El que no lo quiera ver es que vio otro partido. La diferencia es que el partido acabó 1-0 porque el Sevilla la metió y el Betis también, pero se anuló. Si los béticos están furiosos se les entiende. Intento entender también a los sevillistas que hablan de los penaltis en los córners, pero esto es más complicado cuando contra su eterno rival se acuerdan de eso pero contra el Eibar (por ejemplo) no.

Pretendía el árbitro que el partido no se le fuese de las manos y más o menos lo consiguió. Prueba de ella es esa amarilla a Petros a los diez segundos cuando la gente todavía ni se había quitado la bufanda para espolearla. El árbitro controló la cosa más o menos pero a la calle pudieron irse varios: Bruno, Nasri, Pezzella…  Fue un partido malo en cuya primera mitad hubo más tensión que fútbol, donde ocasiones hubo pocas y faltas y mini-tanganas muchas.

En la segunda parte los de Nervión salieron a mandar gracias especialmente a Mariano, que viendo lo poco que atacaba su rival y que Rubén Castro no bajaba a defender comenzó a subir forzando un par de saques de esquina. Unos minutos más tarde el Sevilla marcó gracias a Mercado y a la defensa de Bruno, que se vio superado y fuera del partido en todo momento. Tras el gol estaba el Betis k.o, noqueado, con esa sensación de otros años. Atacaba tan poco que se veía venir otro ciclón. Pero consiguió hilar un par de jugadas y en una de ellas marcó el Betis pero el árbitro anuló la Alegría de los verdiblancos. Siempre nos quedará la duda de saber qué habría pasado con el 1-1: ¿habría reaccionado el Sevilla o habría comenzado a mandar el Betis? A partir de ahí el Betis fue para arriba y tuvo un par de ocasiones más, un par de tiros de Rubén Castro, y el Sevilla se echó hacia atrás pero sin perder de vista a Adán como en ese tiro del Mudo que se fue por poco.

Tiene razón Poyet quejándose del colegiado, pero también hay que recordarle que el Betis tardó una hora en enterarse que el fútbol consiste en meter el balón en la otra portería y no que la tuya siempre se quede a cero. Poyet logró que sus pupilos pusieran garra, intensidad y hasta ese punto de agresividad, pero no consiguió combinación (el partido de Dani Ceballos es simplemente patético, Musonda debió entrar mucho antes y Donk debutó de mediocentro emulando a Ndiaye) ni peligro. Por su parte Sampaoli debería revisar el partido pues cree que su equipo fue muy superior creando siete u ocho ocasiones claras ante la portería de Adán (?)


Lo dicho, un 0-0 que debió acabar 1-1.

viernes, 2 de septiembre de 2016

La musa que nunca conoció Van Gogh.

Nos conocen como los más locos de la ciudad porque somos dos cabras locas que han soltado por la calle. Porque nos ponemos tan tibios de cerveza con limón en la Gran vía que volvemos haciendo curvas en las rectas y hacemos rectas en las curvas. Porque tus risas se escuchan con tal volumen que levantas a los vecinos y se preguntan a qué se debe tal escándalo.

La gente nos mira mal, como si fuéramos desequilibrados mentales… Y con razón, pues ni yo tengo tu número para volver a llamarte ni tú sabes mi nombre. Yo sé que volveremos a encontrarnos. Pasa en las películas y tú eres más un personaje de película que alguien real. Pero me siento tan en paz conmigo mismo cuando estoy contigo. Es algo que no se puede explicar, no hay colores ni cuadros de Van Gogh que expliquen la paz que siento en mi interior cuando nos encontramos por casualidad en cualquier rincón minúsculo del mundo. Eres como un antídoto que elimina de un suspiro todas las cosas malas que vive el mundo. Con ese soplido te llevas por delante el hambre, la violencia, las discusiones estúpidas de pareja sobre qué ver en la televisión.


Y, amor platónico, antes de que te vayas y de que te esfumes en cuanto veas la primera seña de que el amanecer ya ha llegado te quiero pedir un último favor: róbame el sueño esta noche. Quítame las ganas de dormir y dame todas las ganas de bailar, de reírnos de esas comedias románticas en las que todo siempre acaba saliendo bien. Quédate, cenemos pizza y que sobren trozos para que tengamos algo para desayunar junto al café. Quédate despierta hasta que caigas rendida boca abajo en el sofá desnuda. Cuando eso ocurra, sabré que no hay ningún cuadro de Van Gogh que lo explique pero sí eres la personificación de La noche estrellada, tu espalda es París, y tus lunares son las estrellas. 

viernes, 19 de agosto de 2016

Despedirse

Debe ser jodido despedirse de alguien a quien quieres y a quien no sabes cuándo vas a volver a ver. Esto va como un concierto, ¿no? Se despiden pero no se van del escenario primero, después se van del escenario pero al poco tiempo vuelven por el reclamo del público hasta que se van de verdad.

No es fácil despedirse. No es fácil ese último beso o ese último abrazo que parece eterno pero se queda en eso, en una apariencia. Te quedas enganchado a esa persona igual que intentas enganchar a las agujas del reloj para que no se muevan. Pero no hay fuerza humana que detenga el tiempo. Como decía Alejandro Sanz “el tiempo corre porque es un cobarde”. Y cuando esa persona se va, cada paso que das giras la cabeza buscándola para saber si ella también se ha dado la vuelta.

Nunca es fácil ni la despedida ni su tiempo posterior. Ese viaje de vuelta en el que se te juntan las emociones con los recuerdos, y en el que ya te entra la melancolía cuando sabes que no hay nada mejor que haber estado con ella sentado en los escalones de cualquier plaza, en las escaleras de cualquier calle desconocida para los dos. Eso es lo que tiene ella, que de cualquier situación normal y corriente, a distancia o cara a cara, te crea un contexto inolvidable, de esos momentos que jamás te salen de la cabecita: las cosquillas, las bromas, las “peleas” por ver quién paga la Aquarius…


Más difícil es aún cuando los dos llevabais esperando ese momento más de mil días, más de tres años. Más difícil es aún cuando fue breve, pero tan intenso. Una calada de Marlboro, un trozo de chocolate suizo, un sorbo de ron, un ratito de paz, de felicidad verdadera. Es muy difícil. Pero también parecía imposible que se cumpliera y se cumplió. Y me gustaría creer que fue la primera de muchas. Porque necesito acostumbrarme a sus despedidas. Porque algo tan bonito no se merece una sola despedida.

viernes, 12 de agosto de 2016

Va de canciones.

Asomada estaba La chica de ayer mirando por la ventana a cien gaviotas y pensando a Dónde irán. La chica mientras tanto escuchaba en la radio a una locutora que parecía triste porque sabe que Aquí no hay playa y sí muchas Escuelas de calor. La radio tenía un volumen tan alto que retumbaba en  El ritmo del garaje y en el Cadilac solitario de La dulce niña Carolina que había dentro mientras de fondo se escuchaba un Rock’n roll en la plaza del pueblo.

Las cien gaviotas volaron hasta encontrar a un Feo, Fuerte, Formal que resultó ser el Amante bandido de Carolina, quien había tardado 19 días y 500 noches en olvidar a su Princesa hasta que conoció a Santa Lucía, a quien preguntó Qué hacía una chica como ella en un sitio como éste y hablaron hasta que Les dieron las diez y las once. El tipo al principio no sabía Cómo hablar pues se sentía Entre dos tierras y en el fondo cuando pensaba en Carolina seguía repitiendo No puedo vivir sin ti. Santa Lucía estaba tan Embrujada por la Noche de bohemia que Bailando consiguió hacerle sentir Libre con el Corazón Contento y que fuese Su gran noche.

Carolina seguía en el balcón mirando al Mediterráneo recordando cuando él en Venecia le dijo “Déjame” y ella no para de preguntar desde entonces ¿Por qué te vas? al Hijo de la luna. Carolina desde entonces sabe que La vida sigue igual, que Vivir así es morir de amor, diciéndole “Sufre mamón” al Maldito duende So payaso que le repite una y otra vez que son cosas de la vida y de las Maneras de vivir.


En cambio, el Hombre lobo de París vivía Sin documentos Entre dos aguas dentro de su Locura transitoria: Santa Lucía y Carolina. Cuando Santa Lucía dijo: “Quiero tener tu presencia” él le contó que Se acabó, que era Mejor seguir teniendo el Corazón Partío. Se despidió de La flaca en una Décima de segundo con Un beso y una flor antes de salir corriendo cantando: Volando voy, volando vengo…

viernes, 5 de agosto de 2016

Los cinco aros de los anónimos inmortales

Estoy preocupado. Parece como si la prensa deportiva española estuviera hechizada. En los últimos días nada más que pronuncian nombres propios que nadie conoce como Garibe Muguruza, Mireia Belmonte, Carolina Marín, Bruno Hortelano, Saúl Craviotto o Mario mola, además de pronunciar palabras de un idioma totalmente desconocido: hockey, balonmano, judo, taekwondo, halterofilia…


Mi preocupación va a más porque este hechizo lo he visto antes: hace cuatro años ocurrió algo idéntico: los mismos nombres anónimos que posteriormente dejaron de ser anónimos cuando consiguieron subir al pódium de una competición llamada Juegos Olímpicos o algo así, porque me acuerdo que en un pasado no tan lejano eran el sueño de todo deportista, y que ya en la Antigua Grecia se practicaba.

Como decía, en un pasado no tan lejano eran el sueño de todo deportista, pero los Juegos Olímpicos han perdido toda su fama (y con ella el mérito de los que participan en ellos): importa más las uñas de Cristiano Ronaldo que los récords que consiga Usain Bolt en una pista de atletismo, importa más el pelo platino de Leo Messi que las dificilísimas coreografías de Gemma Mengual y Ona Carbonell en la piscina olímpica de turno.

Y si soy sincero, a mí como periodista que soy me encantaría vivir este hechizo con forma de cinco aros, me encantaría ver la cara de Hitler cuando un chaval de color llamado Owens humilló a los atletas alemanes en 100, 200, 4x100 metros y salto de longitud, me encantaría volver a ver a un tiburón en la piscina como Michael Phelps arrasando a sus rivales, o volver a ver reivindicaciones políticas tan maravillosas como a Hassiba Boulmerka en Barcelona ’92 consiguiendo la primera medalla de oro para Argelia  en unos Juegos Olímpicos y celebrarlo llena de rabia desafiando todo el machismo de su país mirando a cámara.


Quiero vivir ese hechizo, y sentirlo de tal forma que consigamos por fin entender que los nombres mencionados en el primer párrafo no deben ser anónimos sino inmortales, y que algunos de ellos representan a algunos de los mejores deportistas españoles de la historia. Que muchos y muchas de nuestros deportistas merecen un Princesa de Asturias por ser verdaderos ganadores del deporte español y no se les da ni bola.
 Que empaticemos por ejemplo, con el triatleta Mario Gómez Noya y otros tantos que han sufrido una lesión que les impide disputar los Juegos cuando habrán estado entrenando ¿meses? ¿años? de cara a intentar conseguir una medalla, de intentar conseguir que en Río de Janeiro suene el himno español. 


martes, 19 de julio de 2016

Estar a tu lado es soñar.

Una llamada. Podría ser una llamada más, pero no, no lo es. Es una llamada especial. Han pasado tres años y nunca la has tenido tan cerca como la tienes en ese momento. La tienes tan cerca que cuando no la encuentras con tu vista te empiezas agobiar y por eso la llamas. Andas para arriba y para abajo por mitad de la calle buscándola con tu mirada pero no la encuentras. Te tranquiliza oír su voz, pero al mismo tiempo te agobia. Cuanto más te tranquiliza más deseas escucharla por primera vez en tu oído. Sin móviles, sin ordenadores.

Caminas para arriba y para abajo, perdiendo el norte, sin saber ya hacia qué punto cardinal andas. Te sientes tan perdido y controlado por sus ganas de verla que tu mirada perdida ve a una persona en la larga distancia. ¿Y si fuera ella? Está de espaldas, y parece que está hablando por teléfono. Andas despacio, pero con el corazón a mil por hora. Cuanto más te acercas estás más seguro de que es ella. Cada paso es un segundo menos. Cada paso escuchas una voz que te recuerda más familiar. Sí, es su voz, sí, es ella. Ella no para de dar vueltas sobre sí misma buscándote sobre la multitud. Y mareada de tantas vueltas con el móvil en su oreja, un segundo antes de que tu mano contacte con su piel, vuestras miradas se cruzan, por primera vez. ¿Cuántos días habrán pasado desde que os conocisteis? ¿Y cuántos habrán pasado esperando ese momento?

Antes de que por fin llegue el abrazo más esperado, a ella sólo le preocupa una cosa: colgar la llamada. Y cuando colgáis, no se espera ni un segundo, se tira a tus brazos con todas tus ganas, sin fantasmas y sin miedos. Cuando te abraza de una forma tan efusiva, te da igual todo: las muchas horas de sueño que llevas encima, el calor, la gente, todo. Te agarra con toda sus fuerzas porque necesitaba desahogarse todas esas ganas de abrazarte y que no pudo hacerlo en su momento, todas esas cosas que te quiso decir cara a cara y que no pudo porque nunca habéis podido quedar y tomar algo, ir a dar una vuelta o a perderos por el mundo una noche de verano.

Fue una mañana. Ojalá hubiera sido un día. Ojalá hubiera sido una semana, un mes, un año, o una vida. Fue un rato en el que algunas cosas salían bien y otras no tan bien. Pero daba igual todo lo que saliera mal. Estabais tú y ella. Ya era hora de que por fin pudierais estar tú y ella. Ya era hora de poder disfrutar un rato. De poder cogerla de la mano, de poder atacar su cuello cual tiburón, de poder morder sus labios con todas esas ganas que llevas aguantando todo este tiempo. De tener el privilegio que no tienen los demás de acariciar su pelo, de no tener palabras para poder expresar la paz que sentías dentro de ti en ese momento. Fue una mañana. Y pasó con tal velocidad que ya quieres que llegue la segunda vez. Y que sea mucho más duradera, que sea eterna, que sea igual de maravillosa que la primera. Aunque mientras esté ella, la vida será así aunque os separen siete océanos.

jueves, 30 de junio de 2016

Yerro

Yerro. Porque soy humano, no soy perfecto. Yo yerro, tú también y el otro igual. Me equivoco más que nadie en muchísimas cosas, y lo reconozco. Muchas veces me equivoco por cabezota, otras veces por no saber diferenciar dos elementos y otras veces por otras tantas cosas. Qué aburrida sería la vida si no me equivocase, ¿no? 

Quien tiene boca se equivoca. Y quien se equivoca la mayoría de las veces soy yo, y yo mismo soy quien me doy cuenta. Hay otras veces en las que se dan cuenta terceras personas, y por mucho que intenten hacérmelo ver no soy capaz de verlo. Y también hay errores que nadie ve y que nadie entiende. Fallos hay tantos o más que seres humanos forman la tierra.


Pero no pensar como lo haces tú no es equivocarse. Pensar de una forma distinta a como lo hace la mayoría no es equivocarse. Simplemente es eso: otra forma de pensar. Esa es la base de nuestro mundo. O era. Y quién sabe si volverá a ser. Si vas a ser tú o vosotros los que intentéis imponerme una forma de pensar estaré dispuesto a escucharos encantados. Pero si no me vais a escuchar a mí después no pidáis que os escuche. Si estáis dispuestos a oír mi forma de pensar os la explicaré las veces que sea porque siempre lo haré con argumentos siempre elaborados desde el respeto, pero si vosotros no vais a escucharla o vais a hacerlo sin respeto luego no os quejéis. Si a mí no me queréis escuchar y sólo queréis imponer vuestra ideología puede que os escuche una vez, o dos veces, pero ya a la tercera seguramente os dé la razón  como a los tontos.


Y por favor. Aprended que vuestra forma de pensar no es la que tiene que seguir el mundo. Que por muy aceptada que sea no tiene por qué ser la correcta, que hay opiniones menores que también merecen ser leídas, oídas y vistas como las vuestras. Que no hay una forma de pensar perfecta. Nadie ve la vida igual. Y sobre todo, nadie ve la vida mejor que otras personas. Que si tú y yo trabajamos mano a mano limando nuestras diferencias vamos a crear una vida más amable y más bonita tanto para nosotros y para nuestros futuros. 


jueves, 16 de junio de 2016

Burros.

Llevábamos semanas e incluso meses preocupados por el terrorismo. Estábamos tan preocupados por el Estado Islámico que se nos olvidó un principio muy básico: burros hay en todos lados, en algunos sitios son más numerosos que en otros, pero en todos lados hay burros que no tienen muy bien asimilado que cuentan con un cerebro para pensar.

Todo empezó el domingo pasado en Orlando cuando una persona vinculada al EI mató a 49 personas e hirió a muchas otras en un local fiestero de ambiente homosexual.

Todo siguió cuando varias personas de nacionalidad inglesa, rusa, eslovaca, turca se excusaron en la Eurocopa de fútbol para liarla por su cuenta y liarse a mamporros con algunos inocentes y con otros que iban buscando lo mismo.

Y todo se remató cuando hoy miércoles,  un trastornado mental ha apuñalado y disparado a una diputada del Parlamento Inglés que ha fallecido  haciendo campaña para el plebiscito que se realizará próximamente en Reino Unido para decidir si permanecen o salen de la Unión Europea.

Desde que somos pequeños se nos enseña que los seres humanos debemos cumplir tres funciones vitales: nutrición, reproducción y relación. La relación quizás sea la más importante pues es la que nos ayuda a construir nuestra personalidad, nuestro carácter y aquella de la que depende nuestra estabilidad emocional. Personalmente, ahora mismo me cuesta creer que haya algo más repugnante que hacer daño a la persona que tienes enfrente por tener una forma de pensar distinta a la tuya. Es bastante triste ver cómo aquí mucha gente intenta imponer su filosofía de vida bajo la falsa creencia de que esa forma de ver las cosas es mejor a la del resto. Nadie es capaz de ver la vida de una forma idéntica, pero eso no nos convierte en mejores ni en peores, simplemente nos convierte en humanos. Ya venimos de un siglo donde se ha perdido mucha sangre intentando imponer absurdas ideologías, y por momentos me cuesta creer que hemos aprendido la lección. Y mientras no seamos capaces de convivir valorando las virtudes de quien no piensa como nosotros no vamos a ir a ningún lado, siempre vamos a estar siendo rencorosos por consecuencias del pasado.


¿Cuál es entonces la solución a parar todo esto? La respuesta es complicada porque cada uno vemos las cosas de forma distinta. La opinión mayoritaria (y la que comparto), es apostar por el diálogo, pero como decía al principio, hay burros más preocupados en hablar que en escuchar.  En el caso del islamismo, directamente ni escuchan, les divierte el sufrimiento, el dolor, y con gente así no vale la pena hablar. Otra solución que proponen varios es la de no financiarles las armas, pero para mí personalmente ésta es inviable por la poca capacidad de liderazgo y carisma que representa ahora mismo el político. En el caso de los hooligans, el diálogo es más factible, pero están tan fumados y bebidos que hablar con ellos se hace imposible. Como decía Rousseau, “el hombre es bueno por naturaleza, pero es la sociedad quien lo corrompe”. Sociedad y dinero para alcohol y drogas habría que añadir. Yo con los hooligans apostaría por el diálogo, pero si no funciona apostaría por permitir a los antidisturbios marcar su territorio porque así sus ganas de buscar pelea se verían reducidas, y acabarías con sus tonterías. O mejor aún: si se quieren pegar, llevémosles a un descampado, dejémosles allí sueltos y que se maten entre ellos. 

jueves, 2 de junio de 2016

Qué malos son los de Podemos

Qué malos son los de Podemos. Qué panda de ladrones. ¿Cómo se les ocurre buscar financiación ilegal a Venezuela? ¿Cómo se les ocurre ir allí cuando lo que está de moda es irse a sacar dinero de Panamá, verdad Felipe? ¿Verdad ministro Soria?

Hablar últimamente de Venezuela más que actualidad y más que preocupación es un postureo flipante. Porque si Podemos en vez de mantener amistad con Venezuela la mantuviera con Brasil, toda la clase política española se iría en tromba al país brasileño para buscar mierda que perudique a Pablo Iglesias, Errejón y compañía.


Siendo claros: Venezuela es una dictadura. Nada de democracia ni nada de país complejo. Dicho esto, Podemos se equivoca enormemente habiendo mantenido amistad con el régimen de Hugo Chávez primero y después de Maduro, más todavía sabiendo que con esta amistad lo único que están haciendo es escupir hacia arriba, como otras tantas cosas que han cometido los de Podemos. Sinceramente creo que en muchos sentidos Podemos está viviendo el efecto Boomerang: una entrada en política con tanto desparpajo, con tanto atrevimiento, ahora están pagando los efectos de esto. Y no creo que se equivoquen, simplemente se equivocaron con el orden de los factores. No se puede pegar palos al partido con el que después sabes que vas a tener que negociar. El maltrato de la prensa hacia Podemos es evidente. No hay más que ver cómo no hablan con la misma intensidad de sus buenas acciones de las malas, y personalmente creo que los fallos de Podemos son muy aparatosos, me chirrían mucho. Y sobre todo, Pablo Iglesias cada vez va perdiendo más fuerza. Todo lo que gana en las distancias cortas lo pierde en la distancia lejana. Por ello creo que otro error fue el no apostar por Alberto Garzón como líder para las elecciones generales, y soy consciente de que no es una idea que tenga yo solo ni mucho menos.


Otra cosa que me molesta bastante de esta preocupación por Venezuela es la repentina preocupación de todos por los derechos humanos. Que el político deba ser una persona cínica no implica para nada que el ciudadano tenga que sentir que se están mofando en su cara. Todos sabemos realmente que los Derechos Humanos no se cumplen en ningún lugar del mundo, y si los políticos españoles quieren empezar por preocuparse por el tema, el primer lugar donde deberían preocuparse sería en la propia España. Porque somos muchas personas las que tenemos derecho a un trabajo digno y ni siquiera tenemos trabajo, porque somos muchas personas las que en teoría tenemos derecho a una vivienda, y no la tenemos, mientras a ellos no les falta absolutamente de ná.