Siempre me ha caído bien el otoño. Es como un tranquilizante que realiza la transición entre el deseado verano, y el gélido invierno. Además en otoño, al menos en Sevilla, apenas llueve en forma de agua, pero en cambio, sí lo hace en forma de hojas arrancadas por el viento de los árboles, que se quedan tristes con sus marchas. Y la sensación de cuando caminas por las largas y anchas calles de la ciudad, cayendo multitud de hojas que vienen por los árboles que hay em ambas direcciones de la calle, es similar a cuando ganamos algo, y en el momento de máximo esplendor, es decir, cuando nos sentimos en la gloria, cae el confeti, cae el papel de regalo, caen los lazos de plástico. En ese momento parece que el mundo gira sobre nosotros, que nosotros somos el origen de todo. Además, el otoño también es como una estación infantil. Colorida, juvenil. Las tormentas inesperadas que se presentaban en forma de nubes muy grises, recuerdan a como cuando las chicas llegaban al colegio con sus botas de plástico amarillas o azules, o como cuando parábamos nuestras clases por el miedo que teníamos cuando los truenos hacían surgir sus ruidos. La estación otoñal recuerda a la primavera en lo maravillosa que son las noches. No hay lluvia, no hay calor, ni tampoco frío. Las noches son cortas, pero cada una de ellas vale la pena como si fuera única. Sí, vuelven las clases, el trabajo, y todo, pero hasta el Sol se levanta más tarde por la pereza que le da cuando regresa el otoño. El otoño es una simpática manera de pasar del verano con cielos despejados, fines de semana interminables, a los sábados tempranos, y llenos de bancos de nublas en el cielo.
Estoy buscando un lugar. Un lugar en el que colocar tus abrazos. Pero no un lugar cualquiera, un lugar privilegiado, como una especie de Palco de honor. Aunque hoy en día no estés tan cerca como deseo, allí me esconderé para recordarte cuando todo vaya mal, cuando ni la música me enchufe ganas de vivir.
No te conozco lo suficiente como para decirte si eres un ángel o el diablo, pero me gustas mucho, ¿sabes? No sé si hasta el puto infinito o la vuelta de la esquina, pero día a día soy un poco más feliz viendo tu melenea larga por el mismo suelo que lo hago yo, y tengo que dar gracias a la vida por ello. Y sí, soy un puto cagado por no decírtelo a la frente, pero es que juro que te veo reír y ya entiendo por qué después de la tormenta llega la calma, y es que TÚ eres la calma. Mientras tú estás a mis espaldas, con tu sonrisa imborrable, yo me muero de ganas por acariciar tus labios con los míos. Que mi vida es una puta mierda pero tú eres una medicina, una droga que me hace sentir mejor. Y que a mí me encanta tu pelo cuando brilla porque me recuerda al sol cuando despierta todas las mañanas, y levantarse viendo el sol nacer para luego verte a ti es algo que enamora. Y que cuando tengo ganas de hacerme daño y me dedicas una mirada, escondo las lágrimas de mis ojos marrones y me esfuerzo en intentar hacerte reír. Que sí, que tías habrá muchas, pero es que cuando conoce a alguien como tú, es fácil decirlo, hasta que te pones en el pellejo del otro. Y que cuando uno cierra los ojos, es para soñar con cosas bonitas, y yo, con quien sueño, es contigo, pero no planto una mala cara cuando me tengo que despertar, porque sé que en un rato te veré a ti en vivo y en directo. Esto quizás es lo más patético que hayas leído en la vida, cursiladas que te harán reírte, pero los sentimientos, si se mantienen encerrados en ese cajón de recuerdos que llamamos corazón, acaban haciendonos sentir pena, y yo, aunque quede ridículo, quiero decirte, que me gustas, que no sé si es un capricho pasajero, pero te veo y los ojos se me van hacia ti como un coche teledirigido, como la lluvia abre su paracaídas y cae en el paragüas los días de tormenta. "y sólo los sueños pueden posarse sobre las cinco letras de su nombre."